La cumbre del G7 celebrada en Canadá ha reflejado como nunca antes las grietas internas del bloque de democracias más influyentes del mundo. Las declaraciones de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, marcando como un error la expulsión de Rusia del grupo en 2014, han provocado incomodidad y abierto un profundo debate sobre la capacidad real del G7 para alcanzar consensos sólidos en cuestiones internacionales críticas.
A diferencia de otras ediciones, la reunión en Kananaskis estuvo marcada por una ausencia de unidad y una multiplicidad de posturas enfrentadas en torno a la guerra en Ucrania, la crisis en Oriente Medio y el papel que debe jugar Rusia en el equilibrio global. Trump insistió en que aislar a Moscú fue un error estratégico, sugiriendo que el regreso de Rusia al grupo podría favorecer el diálogo, una idea que fue rechazada de inmediato por los líderes europeos y canadienses.
El presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz, recalcaron la necesidad de mantener la presión sobre el Kremlin y preservar la línea dura adoptada desde la anexión de Crimea, mientras que el primer ministro británico, Keir Starmer, apeló a la defensa de valores democráticos y a la importancia de la coordinación atlántica. Las diferencias salieron a la luz también en las discusiones sobre nuevas sanciones a Moscú, el envío de armas a Ucrania y la actitud ante los recientes ataques entre Israel e Irán.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, asistió a la cumbre para asegurar el respaldo de los aliados y presionar por un mayor apoyo militar y financiero. Sin embargo, la falta de una posición unificada del G7 redujo el margen para anunciar medidas concretas y dejó a Ucrania en una situación de mayor incertidumbre ante el avance del conflicto.
Las discrepancias se extendieron a cuestiones comerciales. Estados Unidos mantiene aranceles sobre productos clave de socios como Canadá y la Unión Europea, y las negociaciones para alcanzar nuevos acuerdos avanzan lentamente. Los borradores sobre inteligencia artificial, migración y minerales críticos no lograron consenso final, reflejando la creciente dificultad del G7 para liderar una agenda internacional común.
Más allá de los desacuerdos puntuales, la cumbre dejó la sensación de que el liderazgo global del grupo está en cuestión. El distanciamiento de Washington respecto al multilateralismo tradicional y la actitud desafiante de Trump ante sus socios han hecho que muchos analistas se pregunten por el futuro del G7 en un mundo cada vez más fragmentado y competitivo.
Los próximos meses serán decisivos para saber si el grupo es capaz de recomponer sus alianzas, avanzar en acuerdos estratégicos y mantener su relevancia ante desafíos como la guerra en Ucrania, la rivalidad con China y las crisis en Oriente Medio. Por ahora, la cumbre de Canadá deja más preguntas que respuestas sobre el papel del G7 en el nuevo orden internacional.
Fuentes: Reuters