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Tras casi 40 años, el iceberg A-23A muestra señales de desintegración en el Atlántico Sur

El iceberg A 23A tras casi cuarenta años de estabilidad ha entrado en una fase de degradación acelerada al desplazarse hacia aguas más cálidas del Atlántico Sur.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Vista satelital del iceberg A-23A con zonas azules de agua de deshielo en su superficie
Vista satelital del iceberg A-23A a la deriva en el Océano Antártico. Crédito: NASA.

Durante casi cuatro décadas, el iceberg A-23A fue una presencia persistente en el Océano Antártico. Se desprendió de la barrera de hielo Filchner en 1986 y pasó buena parte de su historia prácticamente inmóvil, encallado en aguas poco profundas del mar de Weddell. Ese largo estancamiento lo convirtió en uno de los icebergs más longevos jamás seguidos de forma continua por satélite.

Las observaciones más recientes muestran, sin embargo, un cambio claro en su estado. Imágenes captadas a finales de diciembre de 2025 lo sitúan ya a la deriva en el Atlántico Sur, entre el extremo oriental de Sudamérica y la isla Georgia del Sur. Aunque sigue siendo enorme, su superficie se ha reducido de forma notable tras perder varios fragmentos importantes a lo largo de 2025, y a comienzos de 2026 su extensión era de poco más de 1.100 kilómetros cuadrados.

El rasgo más llamativo de esta nueva etapa es el color azul que cubre gran parte de su superficie. No se trata de hielo compacto, sino de extensas charcas de agua de deshielo acumuladas en grietas y depresiones. Estas zonas indican que el iceberg está saturado de agua líquida, una señal clara de que el proceso de degradación ha entrado en una fase avanzada.

Fotografía del iceberg A-23A tomada desde la Estación Espacial Internacional, con charcas de deshielo visibles.
Fotografía del iceberg A-23A captada desde la Estación Espacial Internacional, donde se observan amplias charcas de agua de deshielo azul sobre el hielo. Crédito: NASA.

Ese deshielo superficial no es solo un fenómeno visual. El agua acumulada añade peso a la estructura y ejerce presión sobre fisuras preexistentes, forzándolas a abrirse. En los bordes del iceberg se distingue una fina franja blanca ligeramente elevada que actúa como un pequeño terraplén, reteniendo el agua azul en el interior debido a la deformación del hielo a medida que se derrite en la línea de flotación.

Las imágenes también revelan patrones lineales de color azul y blanco que recorren el iceberg de extremo a extremo. Estas marcas no son recientes: corresponden a estrías excavadas hace cientos de años, cuando el hielo aún formaba parte de un glaciar que se desplazaba lentamente sobre el lecho rocoso antártico. A pesar del tiempo transcurrido, esas estructuras siguen influyendo en cómo fluye hoy el agua de deshielo sobre la superficie.

Además del deterioro desde arriba, hay indicios de fallas internas. En uno de los flancos aparece una zona blanquecina que podría corresponder a una fuga, causada por la presión del agua acumulada. En ese escenario, el deshielo habría atravesado el cuerpo del iceberg y caído al océano en forma de una pluma de descarga de agua dulce, mezclándose con fragmentos de hielo flotantes.

Los investigadores consideran que estas señales apuntan a un desenlace cercano. El A-23A se encuentra ya en aguas relativamente cálidas, en torno a los 3 °C, y avanza hacia corrientes que lo empujan aún más al norte. En esta región, conocida entre los especialistas como un “cementerio” de icebergs, las temperaturas del aire y del mar aceleran la fragmentación.

Para quienes lo han seguido durante años, su desaparición tiene un componente agridulce. El A-23A no es el único gran iceberg antártico existente, pero su trayectoria larga y accidentada ha ofrecido una oportunidad poco común para observar cómo envejecen y se desintegran estos gigantes de hielo. Su final no será excepcional, pero sí marca el cierre de una historia que ayudó a entender mejor el comportamiento de los grandes icebergs en mar abierto.

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