Durante décadas, la ausencia de erupciones ha sido uno de los criterios más utilizados para considerar un volcán como inactivo o incluso extinto. El caso de Methana, en Grecia, rompe esa lógica. Aunque en la superficie no mostró actividad durante más de 100.000 años, en el subsuelo el sistema magmático siguió funcionando de forma constante.
El hallazgo proviene de un análisis detallado de cristales de circón, minerales que se forman dentro del magma y que conservan información sobre su evolución. Los investigadores estudiaron más de 1.250 de estos cristales a lo largo de unos 700.000 años de historia volcánica, lo que permitió reconstruir con precisión la actividad interna del volcán.
Los resultados muestran que la producción de magma fue prácticamente continua. Incluso durante el largo periodo sin erupciones, el crecimiento de los cristales alcanzó su punto máximo, lo que indica que el sistema magmático no solo seguía activo, sino que estaba en una fase intensa de acumulación.
La clave de este comportamiento está en la composición del magma. Según el estudio, el material que alimenta el volcán es especialmente rico en agua, debido a la influencia de una zona de subducción que introduce sedimentos y fluidos en el manto. Ese exceso de agua cambia la dinámica del magma de forma decisiva.
A medida que asciende, el magma se satura de agua y genera burbujas que desencadenan la cristalización. Ese proceso lo vuelve más espeso y menos móvil, frenando su ascenso hacia la superficie. El resultado es un efecto paradójico: cuanto más magma se produce en profundidad, menos probable es que llegue a erupcionar.
Este mecanismo explica cómo un volcán puede permanecer en silencio durante milenios mientras acumula material en su interior. Lejos de ser una señal de estabilidad, ese periodo prolongado sin actividad visible puede estar ocultando un sistema cada vez más cargado.
Los investigadores advierten que este comportamiento podría no ser exclusivo de Methana. Volcanes situados en zonas de subducción en distintas partes del mundo podrían seguir patrones similares, lo que ampliaría el alcance del problema más allá de un caso aislado.
La implicación más directa es para la gestión del riesgo volcánico. Muchos volcanes que llevan decenas de miles de años sin erupcionar reciben poca vigilancia. Este estudio sugiere que esa clasificación puede ser engañosa si no se tienen en cuenta los procesos internos.
Las herramientas actuales permiten detectar parte de esa actividad oculta. Mediciones de sismicidad, deformaciones del terreno o emisiones de gases ofrecen señales indirectas del comportamiento del magma, aunque no siempre se aplican de forma sistemática en volcanes considerados “seguros”.
El caso de Methana introduce una idea incómoda pero relevante. La ausencia de erupciones no equivale a inactividad real. En algunos casos, puede ser justo lo contrario: el tiempo necesario para que el sistema subterráneo acumule energía sin dar señales visibles en la superficie.