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Uno de cada diez niños desarrolla señales de adicción a los videojuegos, según un nuevo estudio

Un nuevo estudio muestra cómo se desarrolla la adicción a los videojuegos desde la infancia y por qué afecta mucho más a los niños que a las niñas

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Niño jugando a un videojuego de avión en una consola frente al televisor
Créditos: Pixabay

Un estudio internacional realizado por la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología revela una cifra que preocupa a psicólogos y familias: uno de cada diez niños desarrolla, al menos una vez entre los 10 y los 18 años, señales claras de adicción a los videojuegos. El diagnóstico, conocido como trastorno de juegos de Internet (IGD), combina una fuerte implicación en el juego y consecuencias negativas que afectan a la vida diaria.

Los investigadores siguieron durante años a más de 800 niños y adolescentes de Trondheim para entender cómo aparece y evoluciona este comportamiento. A diferencia de lo que se pensaba hace una década, la adicción no es un fenómeno puntual ni pasajero: en muchos casos se mantiene estable desde la infancia hasta la adolescencia tardía.

El estudio muestra una diferencia marcada entre géneros. Mientras que entre el 1% y el 2% de las niñas llega a experimentar síntomas relevantes, en los niños la cifra se dispara. Según los autores, esto no se debe solo al tiempo de juego, sino también a la competitividad y al tipo de experiencias que buscan en los videojuegos.

Los expertos señalan que la estructura social de los varones —más centrada en actividades competitivas por equipos— podría explicar parte de esta brecha. Para muchos, los videojuegos funcionan como un espacio donde medir habilidades, ganar reconocimiento o mantenerse dentro del grupo de amigos, lo que facilita un uso más intenso.

A nivel biológico también hay un componente clave: la dopamina. Esta sustancia química, relacionada con el sistema de recompensa del cerebro, se libera con fuerza cuando el jugador experimenta éxito, supera retos o compite con otros. Los videojuegos están diseñados para activar este circuito de manera repetida, potenciando la sensación de progreso continuo.

La investigadora Beate W. Hygen explica que esta liberación constante de dopamina hace que ciertos perfiles sean más vulnerables a desarrollar una relación dependiente con el juego. Títulos centrados en la competencia directa o en la progresión rápida generan respuestas más intensas y, por tanto, mayor riesgo.

El análisis del estudio muestra que la implicación en los videojuegos crece de forma notable entre los 10 y los 16 años, una etapa donde aumentan la autonomía digital y la presión social del entorno escolar. Sin embargo, a los 18 años se observa un descenso en el tiempo de juego, aunque no en las consecuencias negativas para quienes ya habían desarrollado síntomas previos.

Este patrón sugiere que algunos jóvenes logran reducir su exposición con el paso del tiempo, mientras que otros mantienen un uso problemático que continúa afectando su vida académica, social o emocional. La estabilidad de los síntomas entre los 14 y los 18 años preocupa especialmente a los investigadores.

Los expertos recomiendan a las familias actuar antes de que aparezcan señales graves. La adolescencia temprana —alrededor de los 12 años— se considera una ventana crítica para intervenir. Es en ese momento cuando el uso intensivo del juego empieza a consolidarse y cuando las consecuencias negativas son más fáciles de revertir.

El estudio concluye que la prevención temprana, el acompañamiento parental y la educación digital pueden marcar una diferencia significativa. Aunque los videojuegos pueden ser espacios sociales positivos, comprender cuándo se cruzan ciertos límites es esencial para evitar que el entretenimiento se convierta en un problema de salud.

Fuente: Norwegian SciTech News

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