Desde hace décadas, los geólogos saben que muchos de los grandes yacimientos de metales se concentran en los bordes de los antiguos núcleos continentales. Lo que no entendían bien era por qué algunos de esos bordes rebosan cobre, zinc y plomo mientras otros, de geología casi idéntica, están prácticamente vacíos.
Un estudio de la Universidad de Sídney, publicado en Nature Communications, propone una respuesta que obliga a mirar mucho más abajo de lo habitual, hasta el manto profundo de la Tierra. Y de paso ofrece a la industria minera una pista valiosa sobre dónde merece la pena buscar.
El equipo construyó un modelo dinámico del planeta que retrocede 1.800 millones de años, reconstruyendo cómo se movieron las placas, dónde estaban los yacimientos y dónde se hundía una placa bajo otra, las llamadas zonas de subducción. Cruzaron esos datos con tomografía sísmica y una base de más de 2.000 depósitos minerales.
El resultado fue un patrón nítido. Los bordes continentales ricos en minerales se formaron casi siempre a una distancia concreta de aquellas antiguas zonas de subducción, entre 800 y 1.800 kilómetros. La distancia media a una fosa oceánica rondaba los 1.200 kilómetros, y más del 90% del metal analizado aparecía a menos de 2.200. Lo curioso es que muchos de esos depósitos se formaron lejísimos del límite entre placas, donde nadie esperaría una conexión con la subducción.
Un motor en las profundidades del planeta
La explicación está en cómo se mueve el manto, esa capa de roca caliente de casi 3.000 kilómetros de espesor que hay bajo la corteza. Cuando una placa se hunde, genera corrientes profundas de convección que se extienden miles de kilómetros desde la fosa, transmitiendo tensión hacia el interior del continente como una onda lenta.
Esa tensión, al llegar al borde de un núcleo continental, lo debilita, reactiva fallas antiguas y abre grietas por donde luego circulan los fluidos calientes que depositan los minerales. Los modelos mostraron que el debilitamiento era máximo a unos 1.300 kilómetros de la fosa, casi clavado con la distancia media observada en los yacimientos reales.
Esa coincidencia entre lo que predice el modelo y lo que hay en el suelo es lo que da fuerza al hallazgo. No es una correlación suelta, sino un mecanismo físico que explica el porqué de la distancia, conectando algo tan abstracto como el flujo del manto con el cobre que acaba en un cable.
Para qué sirve esto en la práctica
Más allá de la geología, el cobre, el zinc y el plomo son metales clave para la infraestructura y, sobre todo, las tecnologías de energía limpia, cuya demanda se dispara. Saber dónde es más probable que se concentren reduce la incertidumbre de la exploración, una actividad cara y de éxito incierto, y el marco ayuda a explicar por qué cinturones como el del zinc en el norte de Australia o la Cordillera Norte de Norteamérica son tan ricos.
Como resume el coautor Dietmar Müller, los depósitos no dependen solo de lo que ocurre cerca de la superficie, sino que forman parte de la evolución profunda y a muy largo plazo de los recursos del planeta. Entenderla es, en el fondo, aprender a leer las pistas que la Tierra lleva 1.800 millones de años dejando.