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China llevará la inteligencia artificial al espacio con centros de datos alimentados por energía solar

China quiere llevar la inteligencia artificial fuera de la Tierra. Su plan contempla centros de datos en órbita alimentados con energía solar para procesar información directamente en el espacio y reducir los límites energéticos terrestres.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Centro de datos orbital con grandes paneles solares

La carrera por la inteligencia artificial ya no se libra solo en laboratorios o centros de datos gigantes en tierra firme. China quiere mover parte de esa infraestructura al espacio. En los próximos cinco años, el país planea desplegar centros de datos orbitales capaces de procesar información directamente en órbita, una apuesta que busca sortear los límites de energía y espacio físico que enfrentan las instalaciones tradicionales. El objetivo es claro: si la IA consume cada vez más electricidad, la solución puede estar fuera del planeta.

El proyecto está liderado por la Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China (CASC), el principal contratista espacial estatal. Según sus planes de desarrollo, la idea es construir una “infraestructura digital espacial” de gran escala que combine almacenamiento, cómputo y transmisión de datos en satélites interconectados. En lugar de enviar toda la información a la Tierra para procesarla, parte del trabajo se haría directamente en el espacio, más cerca de donde ya operan muchos satélites de observación y telecomunicaciones.

La lógica detrás del plan es energética. Los centros de datos modernos consumen cantidades masivas de electricidad y requieren sistemas de refrigeración costosos. En órbita, los paneles solares reciben radiación constante sin la interferencia de la atmósfera ni del ciclo día-noche. Eso permitiría generar más energía por metro cuadrado y, en teoría, abaratar el funcionamiento de cargas de trabajo intensivas como el entrenamiento y la inferencia de modelos de IA.

China no es la única que piensa así. SpaceX, la compañía de Elon Musk, ha planteado una idea similar: satélites con centros de datos alimentados por energía solar para trasladar al espacio parte del procesamiento. Musk ha defendido que la órbita podría convertirse en el lugar más barato para ejecutar inteligencia artificial a gran escala. La diferencia es que ahora Pekín quiere competir directamente con una estrategia estatal y coordinada, no solo empresarial.

El plan chino habla de crear una especie de “nube espacial” industrial antes de 2030. Esto implicaría una red de plataformas capaces de trabajar como un único sistema distribuido, parecido a cómo hoy operan las grandes nubes en tierra, pero flotando a cientos de kilómetros de altura. Los datos captados por satélites —imágenes, comunicaciones, sensores— podrían procesarse allí mismo, reduciendo la latencia y el tráfico hacia estaciones terrestres.

Más allá de la eficiencia, también hay una dimensión estratégica. Controlar infraestructura digital en órbita no solo tiene implicaciones comerciales, sino militares y geopolíticas. Quien domine esa capa tecnológica puede gestionar comunicaciones, navegación y análisis de datos críticos sin depender de redes terrestres vulnerables. En ese sentido, los centros de datos espaciales no son solo servidores: son piezas de soberanía tecnológica.

El movimiento encaja con una ambición más amplia de China por reforzar su industria espacial. El país ha aumentado el número de lanzamientos anuales, impulsa cohetes reutilizables y habla abiertamente de turismo espacial y exploración profunda. La creación de nuevas academias y programas de formación técnica sugiere que Pekín no ve el espacio como un proyecto puntual, sino como un sector económico permanente.

Aun así, el desafío técnico es enorme. Enviar hardware al espacio sigue siendo caro, los equipos deben resistir radiación y temperaturas extremas, y cualquier fallo es difícil de reparar. Además, la latencia de comunicación con la Tierra y el coste de mantenimiento podrían limitar qué tipo de tareas tiene sentido ejecutar en órbita. No todo proceso de IA se beneficiará de estar lejos del planeta.

Por eso, más que reemplazar a los centros de datos terrestres, lo probable es que aparezca un modelo híbrido. Parte del cómputo pesado podría hacerse en el espacio, mientras que otras tareas seguirán en tierra. La clave será decidir qué compensa mover y qué no. Como casi siempre con la infraestructura digital, la solución no será épica, sino pragmática.

Lo que sí parece claro es que la competencia por la IA ya no se limita a chips y algoritmos. También se juega en órbita. Si China y SpaceX cumplen sus planes, el próximo gran salto de la inteligencia artificial podría no ocurrir en un edificio lleno de servidores, sino en una constelación de satélites trabajando silenciosamente sobre nuestras cabezas.

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