Lo que debía ser un método silencioso de observación marina ha resultado menos discreto de lo esperado. Investigadores de la Universidad de Hokkaido registraron cientos de choques de narvales contra dispositivos de grabación submarinos en un fiordo del noroeste de Groenlandia. El hallazgo cuestiona la idea de que el monitoreo acústico pasivo —una de las principales herramientas para estudiar la vida marina sin interferir en ella— sea realmente no invasivo.
Durante dos años, el equipo liderado por el profesor asociado Evgeny A. Podolskiy instaló tres hidrófonos a profundidades de entre 190 y 400 metros en el fiordo de cría de Inglefield. Con la ayuda de cazadores inughuit locales, los científicos recuperaron miles de horas de grabaciones. En ellas, los narvales se acercaban, emitían sonidos de ecolocalización y, en muchos casos, golpeaban los dispositivos.
En total se documentaron 247 impactos confirmados en los dos hidrófonos más profundos, aunque los investigadores calculan que la cifra real podría superar los 600, dado que las grabaciones no eran continuas. Los choques se producían con mayor frecuencia durante el día, cuando los narvales se sumergían en busca de alimento.
Podolskiy explica que el comportamiento podría deberse a la curiosidad natural de los narvales o a una confusión con presas potenciales, como el bacalao o el fletán. “Es posible que los animales identifiquen los hidrófonos como algo comestible o interesante en el fondo marino, o simplemente los investiguen por instinto”, señaló el investigador.
El equipo también analizó el contenido estomacal de 16 narvales capturados por los cazadores inughuit, dentro de la caza de subsistencia local. Los resultados mostraron una dieta dominada por bacalao, lo que refuerza la hipótesis de que los animales podrían confundir los instrumentos con peces de tamaño similar.
En algunas grabaciones se detectaron además ruidos prolongados de fricción después del impacto, que los investigadores interpretan como el roce de la piel del narval contra el micrófono. Este tipo de sonido podría estar relacionado con un comportamiento de frotamiento o incluso con la muda de piel, un proceso poco comprendido en esta especie.
Los cazadores groenlandeses, sin embargo, no se mostraron sorprendidos. Según Podolskiy, ellos están acostumbrados a ver narvales enredados en redes o cuerdas. “Los inughuit creen que a los narvales les gusta jugar, y bromean diciendo que los amarres podrían servirles para rascarse la espalda, como los gatos”, comentó el científico.
Más allá de la anécdota, el estudio —publicado en Communications Biology— plantea una preocupación seria para la investigación marina. Si los narvales son atraídos por los equipos científicos, el monitoreo pasivo podría estar alterando el comportamiento de los animales que busca estudiar. Esto obligaría a repensar los protocolos y a diseñar instrumentos menos visibles o con líneas de amarre más cortas.
“Comprender cómo interactúan los animales con nuestra tecnología es esencial para evitar sesgos y minimizar los efectos sobre la fauna”, subrayó Podolskiy. El equipo planea realizar nuevos experimentos en otras regiones del Ártico para verificar si el fenómeno se repite con otras poblaciones o especies.
Los narvales, conocidos como los “unicornios del mar” por su largo colmillo, son una especie emblemática del Ártico. Sin embargo, su hábitat se encuentra entre los más sensibles al cambio climático y al aumento de la actividad humana. El estudio recuerda que incluso la ciencia, en su intento de observar sin perturbar, puede alterar sutilmente el equilibrio de la vida bajo el hielo.
Fuente: Hokkaido University