El terremoto de magnitud 7,7 que golpeó Myanmar el 28 de marzo de 2025 dejó una marca extraordinaria en la corteza terrestre. No solo provocó el derrumbe de estructuras históricas, como el puente Ava, sino que también abrió una ventana única para estudiar cómo se comportan las fallas más antiguas y “maduras” del planeta. La región estaba en conflicto y era imposible entrar a medir los daños sobre el terreno, así que un equipo internacional liderado por la Universidad de Nuevo México recurrió a los satélites para reconstruir todo el proceso de ruptura.
El resultado fue uno de los mapas más detallados obtenidos sobre un gran terremoto continental. La ruptura se extendió casi 500 kilómetros, una longitud excepcional que permitió observar con claridad cómo la energía viajó sin obstáculos a lo largo de la falla de Sagaing. Para el equipo, este evento se convirtió en una especie de laboratorio natural que ayuda a entender cómo podrían comportarse otras fallas famosas, como la de San Andrés en California.
Cómo se midió el terremoto desde el espacio
Sin acceso seguro a la zona afectada, los investigadores se apoyaron en dos tecnologías clave: las imágenes ópticas de los satélites Sentinel-2 y los datos de radar Sentinel-1. Ambas misiones, parte del programa Copernicus, ofrecen datos abiertos que cualquier investigador del mundo puede utilizar, incluso en condiciones en las que el trabajo de campo es imposible.
Con la correlación óptica, compararon fotos tomadas antes y después del sismo para ver cómo se movía cada punto del paisaje. Es un método que detecta desplazamientos horizontales con una precisión sorprendente. La segunda herramienta, el radar InSAR, permitió medir cambios muy pequeños en la distancia entre el satélite y el suelo. Aunque la superficie esté cubierta de nubes o sea de noche, el radar sigue “viendo” las deformaciones del terreno.
Combinando ambos métodos, el equipo reconstruyó cómo se deformó el terreno a lo largo de cientos de kilómetros. Las imágenes mostraron un patrón continuo y muy limpio de deslizamiento, casi como si alguien hubiese dibujado una línea recta a través del país. Ese nivel de claridad es extraño en terremotos de esta magnitud, pues muchas veces las fallas presentan curvas, rugosidades o zonas fragmentadas que distorsionan la ruptura.
Una ruptura sísmica fuera de lo común
La falla de Sagaing es una falla de desgarre: sus dos lados se deslizan horizontalmente entre sí, como si dos bloques de la corteza se rozaran. Lo que sorprendió a los científicos es que esta falla se comportó con una eficiencia poco común. Las fallas maduras, que llevan millones de años moviéndose de manera similar, tienden a ser más rectas y lisas. Y esa suavidad facilita que la energía del terremoto avance sin interrupciones.
En muchos terremotos existe un fenómeno llamado “déficit de deslizamiento superficial”. Significa que la superficie se mueve menos que las rocas profundas, lo que genera un misterio: ¿dónde queda esa energía que falta? En el terremoto de Myanmar, el déficit simplemente no apareció. El movimiento registrado en profundidad llegó completo hasta la superficie, algo que pocas veces se observa de forma tan clara.
Esto tiene implicaciones importantes. Cuando la energía llega sin dispersarse, el movimiento del suelo cerca de la falla puede ser más intenso de lo que predicen los modelos habituales. También observaron que la ruptura conectó varias secciones de la falla en cadena, recorriendo zonas que no habían tenido un gran terremoto desde el siglo XIX. En cambio, las áreas que sí habían sufrido movimientos en el siglo XX mostraron menos deslizamiento. Ese comportamiento, conocido como “predicción de deslizamiento”, podría ayudar a identificar qué segmentos de otras fallas están acumulando energía y cuáles no.
Qué significa para el riesgo sísmico en la región
El estudio demuestra que la observación satelital moderna puede reemplazar, al menos en parte, el trabajo de campo cuando este no es posible. En un país marcado por conflictos y daños severos, los científicos pudieron obtener datos de una precisión que habría sido inimaginable hace solo dos décadas. Más que un logro técnico, este avance representa una herramienta directa para mejorar la seguridad.
Saber que una falla madura puede transmitir tanta energía hasta la superficie cambia la forma en que se evalúan los riesgos en otros países con sistemas similares, especialmente aquellos densamente poblados. En Estados Unidos, la falla de San Andrés comparte varias características con la de Sagaing, y este estudio sugiere que sus segmentos más “maduros” podrían producir rupturas más eficientes de lo esperado.
El equipo de la UNM también trabaja en aplicar estas técnicas a problemas locales, como el monitoreo del hundimiento del suelo por agotamiento de acuíferos y la actividad lenta de fallas dentro del Rift del Río Grande. El mismo InSAR que permitió estudiar un terremoto a miles de kilómetros también puede detectar movimientos milimétricos bajo Nuevo México.
Comprender cómo actúan estas fallas ayuda a mejorar los modelos de riesgo sísmico y a planificar mejor la infraestructura. El terremoto de Myanmar mostró que, incluso en condiciones adversas, el espacio puede ofrecer una visión precisa de cómo se comporta nuestro planeta cuando libera grandes cantidades de energía.
Fuente: Nature Communications