El centro de la Vía Láctea pudo vivir una erupción violenta hace siglos
El centro de la Vía Láctea pudo experimentar una erupción energética intensa hace siglos cuyo rastro aún se detecta en nubes de gas cercanas.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
Durante años, Sagitario A*, el agujero negro supermasivo del centro de la Vía Láctea, se ha descrito como un objeto débil: apenas emite radiación y resulta visible sobre todo por estar relativamente cerca. La fuente plantea una corrección importante a esa imagen. No porque el agujero negro esté activo ahora, sino porque habría dejado señales de un episodio mucho más intenso ocurrido en algún momento de los últimos cientos a mil años.
La clave no está en observar directamente aquella erupción, sino en detectar su rastro indirecto. En una gran nube molecular cercana al centro galáctico aparecen emisiones de rayos X que encajan mejor con la idea de un reflejo: la nube brilla como respuesta a un destello anterior de Sagitario A*, un “eco de luz” que llega tarde por las distancias implicadas.
Ese tipo de interpretación ya se había planteado con telescopios de rayos X anteriores, pero el texto insiste en que faltaba una pieza: la capacidad de diseccionar el detalle fino del espectro. Varias nubes moleculares alrededor del centro galáctico pueden actuar como espejos cósmicos, reflejando destellos de alta energía. Lo difícil era separar con suficiente precisión la estructura de esas señales para decidir qué mecanismo las generaba.
Ahí entra XRISM, un telescopio espacial lanzado en 2023 en colaboración entre la NASA y la agencia espacial japonesa. La fuente subraya su ventaja: puede distinguir la energía de los fotones de rayos X con una resolución mucho mayor que la habitual, hasta el nivel de una parte por mil, lo que permite leer matices que antes quedaban mezclados o borrosos.
El trabajo, liderado por Stephen DiKerby desde la Universidad Estatal de Michigan junto con un equipo internacional, se centró en medir rayos X provenientes de una nube enorme de gas cerca del centro de la galaxia. El texto menciona la colaboración con Kumiko Nobukawa y Masa Nobukawa, y sitúa el artículo como aceptado en The Astrophysical Journal Letters. DiKerby remarca el cambio de herramientas con una frase directa: “Nada en mi formación profesional como astrónomo de rayos X me había preparado para algo así”.
Con esa “vista nítida”, el equipo se enfocó en dos líneas de emisión de rayos X descritas como extremadamente estrechas. Al medir sus energías y sus formas, pudieron inferir el movimiento de la nube y compararlo con observaciones previas en radio. Además, analizaron rasgos sutiles del espectro para poner a prueba dos explicaciones rivales del brillo, sin quedarse en una lectura única por defecto.
El resultado, tal como lo presenta la fuente, es una depuración: la hipótesis de que los rayos cósmicos fueran los responsables pierde fuerza frente a una alternativa más consistente con los datos, la reflexión de un destello antiguo de Sagitario A*. La comparación que usa el texto para explicar el método es intuitiva: si se observan varias nubes a distintas distancias, esos ecos retardados permitirían reconstruir una cronología de erupciones pasadas, de manera parecida a cómo los ecos ayudan a imaginar la forma de una cueva.
Conviene no convertir esta idea en una conclusión cerrada que el propio texto no ofrece. La fuente habla de un estallido en una ventana amplia (“cientos a mil años”) pero no precisa fechas, duración ni potencia, y tampoco detalla cuántas nubes se han analizado ya más allá del enfoque en una nube concreta y la posibilidad de ampliar el método. Lo que sí queda razonablemente establecido aquí es el tipo de evidencia: un patrón espectral medido con alta resolución que encaja mejor con un reflejo de rayos X que con una producción local por rayos cósmicos. En ese marco, la implicación no es que el centro galáctico “esté despertando”, sino que la calma actual de Sagitario A* no describe necesariamente su comportamiento reciente a escala histórica.
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