La nueva crisis energética provocada por el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha vuelto a poner bajo presión el mercado mundial del petróleo. Un análisis publicado por Reuters sostiene que este episodio vuelve a revelar los riesgos económicos asociados a la fuerte dependencia global del petróleo y el gas.
El detonante inmediato ha sido el cierre del estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica por la que circula aproximadamente el 20 % del petróleo y gas comercializado en el mundo. Cuando un corredor tan estrecho concentra una parte tan grande del suministro global, cualquier interrupción genera efectos inmediatos en el sistema energético.
Los mercados reaccionaron con rapidez. El crudo Brent llegó a cotizar en torno a los 119 dólares por barril, su nivel más alto desde junio de 2022, antes de retroceder hasta cerca de los 90 dólares. Aun así, el precio sigue más de un 24 % por encima del registrado al comienzo de la guerra.
Más allá de las fluctuaciones de precios, el problema central es el riesgo de escasez física de energía. La interrupción del transporte de petróleo puede trasladarse rápidamente a inflación, menor producción industrial y una desaceleración del crecimiento económico en muchas regiones del mundo.
El impacto resulta especialmente fuerte en Asia. Muchos países de la región dependen de Oriente Medio para casi el 60 % de sus importaciones de crudo, lo que significa que cualquier interrupción prolongada en el Golfo Pérsico puede afectar directamente a su estabilidad energética y económica.
El análisis recuerda que esta no es la primera advertencia reciente. La invasión rusa de Ucrania en 2022 ya había expuesto la vulnerabilidad del sistema energético cuando Europa descubrió hasta qué punto dependía del gas ruso importado.
La interrupción de ese suministro provocó un fuerte aumento de precios y agravó la inflación global en un momento en el que muchas economías aún trataban de recuperarse de los efectos de la pandemia de COVID-19. Aquella crisis obligó a numerosos gobiernos a replantear con urgencia su política energética.
Algunos países aceleraron el despliegue de energías renovables como la solar o la eólica con el objetivo de reducir su dependencia externa. Otros optaron por reforzar la producción nacional de gas y carbón para garantizar suministro inmediato, mientras economías como China e India adoptaron estrategias energéticas más amplias.
A pesar del crecimiento de las energías renovables, los combustibles fósiles siguen dominando el sistema energético global. Según datos del Instituto de Energía citados en el análisis, el petróleo y el gas todavía representan cerca del 60 % de la demanda energética mundial.
El conflicto también influye en el debate político dentro de Estados Unidos. El presidente Donald Trump ha defendido una estrategia de “dominio energético” basada en ampliar la producción nacional de petróleo y gas, mientras su administración ha reducido el apoyo a políticas de transición energética.
Al mismo tiempo, parte del gobierno estadounidense ha criticado los objetivos de emisiones netas cero, que buscan equilibrar las emisiones de gases de efecto invernadero con su eliminación de la atmósfera. Algunos responsables políticos argumentan que la transición energética puede generar costes elevados para los consumidores.
Las cifras ilustran la magnitud del desafío. Según estimaciones de la Agencia Internacional de Energías Renovables, la inversión global en energías renovables tendría que alcanzar alrededor de 1,4 billones de dólares anuales antes de 2030, más del doble de los niveles registrados en 2024.
El análisis sugiere que las crisis energéticas recientes podrían cambiar el motor del debate. Más allá de la política climática, la seguridad energética se está convirtiendo en una prioridad estratégica, especialmente cuando un solo bloqueo marítimo en un estrecho de apenas 39 kilómetros puede alterar el suministro mundial.