Ciencia · Publicado

El genoma de la cucaracha esconde miles de genes robados a una bacteria, y explican su resistencia

El genoma de las cucarachas guarda más de 40.000 fragmentos de ADN robados a una bacteria, un récord que podría explicar su legendaria resistencia.

Aldo Venuta Rodríguez
Aldo Venuta Rodríguez Redacción · 3 min lectura
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Cucaracha marrón sobre una superficie de cemento

Pocas criaturas tienen tan ganada su fama de indestructibles como las cucarachas, capaces de sobrevivir a casi cualquier cosa. Resulta que parte del secreto de esa resistencia podría no ser del todo suyo, sino prestado, escrito en miles de pedazos de ADN que estos insectos llevan millones de años tomando de una bacteria.

Así lo plantea un equipo de la Universidad de Sídney en un trabajo publicado en la revista PNAS, que ha vuelto a escarbar en el genoma de estos animales. Lo que encontraron desborda cualquier expectativa previa, y convierte a la humilde cucaracha en un caso de estudio sobre cómo la vida intercambia material genético por caminos insospechados.

La cifra es la que deja sin palabras. Al rastrear los genomas de 18 especies de cucarachas y termitas, los investigadores hallaron 40.485 fragmentos de ADN de origen bacteriano, entre 93 y casi 5.000 por especie. Algunas cucarachas excavadoras australianas acumulan más de 3.000 insertos cada una, diez veces más que el récord anterior conocido en organismos complejos.

Genes que cambian de especie por la puerta de atrás

Lo normal es que los genes pasen de padres a hijos, generación tras generación. Pero existe otra vía más rara y fascinante, la transferencia génica horizontal, que ocurre cuando el material genético salta directamente entre especies distintas que conviven muy de cerca. Es habitual entre bacterias, y de hecho explica cómo se propaga la resistencia a los antibióticos, pero se creía poco común en animales complejos.

El donante en este caso es Blattabacterium cuenoti, una bacteria que vive dentro de las propias células de la cucaracha desde tiempos inmemoriales y a la que ya se le conocía un papel útil, ayudar al insecto a reciclar nitrógeno. Lo que no se sabía es que, durante esa larga convivencia, le ha ido traspasando ADN a su anfitrión en cantidades enormes y de forma repetida a lo largo del tiempo.

Y ese ADN prestado no es pasajero, sino que ha echado raíces. Algunos fragmentos llevan integrados en el genoma de estos insectos al menos 28,7 millones de años, sobreviviendo intactos a través de incontables generaciones, una persistencia que sugiere que quizá hayan terminado cumpliendo alguna función biológica real.

Una puerta a reescribir la evolución

Conviene ser prudente con el entusiasmo, porque no todo ese ADN está activo. De hecho, más del 90% de los fragmentos nunca llega a leerse y probablemente no haga nada, así que el equipo aún tiene por delante averiguar cuáles de esos miles de trozos cumplen de verdad una función y cuáles son solo polizones inertes en el genoma.

Aun así, el hallazgo apunta a algo grande, y es que este intercambio podría ser mucho más frecuente en el reino animal de lo que se pensaba. No sería la primera sorpresa, ya que en un crustáceo, la cochinilla, una transferencia parecida desde otra bacteria llegó a crear un cromosoma sexual completamente nuevo. Si fenómenos así son comunes, buena parte de la historia evolutiva tendría que reescribirse contando también con estos genes robados.

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