En América del Norte y Europa, el crecimiento de sectores como la inteligencia artificial y los centros de datos está impulsando una rápida modernización de las redes eléctricas. La prioridad es suministrar energía abundante, estable y cada vez más limpia para sostener la economía digital del siglo XXI.
En cambio, gran parte de Asia, África y Oriente Medio continúa apoyándose en actividades propias del siglo XX, como la producción de acero, cemento, productos químicos y plásticos. Estas industrias siguen siendo clave para la creación de empleo y el crecimiento económico, pero también son altamente intensivas en energía. Su peso estructural hace que cualquier cambio en el modelo energético tenga efectos directos sobre la economía y el empleo.
Esta diferencia de modelos productivos está generando trayectorias muy distintas en materia de transición energética. Mientras las economías avanzadas reducen su dependencia de los combustibles fósiles, muchos mercados emergentes mantienen —e incluso refuerzan— el uso del carbón para alimentar su sector industrial.
El desplazamiento histórico de la industria pesada desde Europa y Estados Unidos hacia otras regiones explica parte de esta situación. Desde la década de 1990, China y otros países emergentes concentraron gran parte de la nueva capacidad mundial de producción de acero, cemento y productos químicos, sentando las bases de su desarrollo industrial.
Hoy, la mayor parte de la capacidad global de producción de estos materiales se encuentra fuera de América del Norte y Europa. Además, las economías emergentes lideran la construcción de nuevas plantas, reforzando un modelo de crecimiento basado en materias primas y manufactura intensiva en energía. Este patrón consolida una dependencia de largo plazo difícil de revertir rápidamente.
A esta realidad se suma un factor clave: muchos de estos países son también algunos de los mercados de mayor crecimiento para el consumo de cemento, acero y plásticos. Producir localmente resulta atractivo por costos, empleo y desarrollo de cadenas de suministro asociadas.
Sin embargo, esa dependencia industrial condiciona profundamente los sistemas energéticos nacionales. Para seguir siendo competitivas, estas industrias necesitan energía abundante y barata, lo que presiona a los gobiernos a mantener políticas favorables a los combustibles fósiles, especialmente al carbón. En muchos casos, el costo de cambiar este esquema se percibe como demasiado alto a corto plazo.
En regiones donde el crecimiento económico es rápido y los márgenes son ajustados, el sistema energético se convierte en una herramienta de política industrial. La expansión de la generación eléctrica basada en carbón suele ser la forma más rápida de aumentar la oferta energética, aunque choque con los objetivos climáticos.
Mientras el acero, el cemento y otros materiales básicos sigan sosteniendo el empleo y la actividad económica, acelerar la descarbonización será un desafío complejo para muchos mercados emergentes. La transición energética, en estos casos, no es solo una cuestión ambiental, sino un delicado equilibrio entre clima, industria y estabilidad económica.
Fuente: Reuters