China cerró los primeros once meses del año con un superávit comercial que supera por primera vez el billón de dólares, un hito impulsado por la creciente reorientación de sus exportaciones hacia Europa, Australia y el sudeste asiático. El dato refleja tanto la fortaleza del sector exportador como el impacto de los aranceles estadounidenses, que han forzado a las empresas chinas a buscar nuevos destinos para sus productos.
En noviembre, las exportaciones crecieron un 5,9% interanual, una recuperación significativa frente a la caída registrada en octubre. El repunte se debió, sobre todo, a la fuerte demanda de maquinaria, electrónica y componentes informáticos en mercados que ofrecen condiciones más favorables que Estados Unidos.
El giro estratégico es evidente: los envíos a Estados Unidos se desplomaron un 29% respecto al mismo mes del año anterior, mientras que las ventas a la Unión Europea aumentaron un 14,8% y las destinadas a Australia subieron un notable 35,8%. También el sudeste asiático reforzó su papel como receptor clave, con un crecimiento del 8,2%.
Para los analistas, este movimiento refleja una adaptación rápida a un entorno comercial complicado. Los aranceles aplicados por Washington, que se mantienen en torno al 47,5%, han dejado de ser asumibles para muchos exportadores chinos, obligándolos a desviar producción hacia regiones donde conservan competitividad. Según Capital Economics, esta estrategia está ayudando a China a ganar cuota global incluso en un contexto de tensiones políticas y desaceleración económica interna.
El superávit de noviembre alcanzó los 111.680 millones de dólares, la cifra mensual más alta desde junio, mientras que las importaciones avanzaron menos de lo previsto. Este punto vuelve a poner sobre la mesa la debilidad del consumo doméstico, golpeado por la prolongada crisis inmobiliaria y la falta de confianza de los hogares.
A pesar de ello, el gobierno chino insiste en que 2026 será un año centrado en estimular la demanda interna. El Politburó ha señalado la necesidad de reequilibrar la economía para reducir su dependencia de las exportaciones, aunque los expertos advierten que este proceso llevará tiempo y requerirá medidas más profundas.
Por ahora, la industria exportadora sigue siendo el motor más fiable del crecimiento. Sin embargo, las encuestas manufactureras muestran que muchos fabricantes aún enfrentan incertidumbre, especialmente aquellos que dependen de insumos vinculados al mercado estadounidense o que no han logrado reposicionarse en otros destinos.
China también intentó reforzar su acceso a minerales clave, como las tierras raras, tras el acuerdo alcanzado entre Xi Jinping y Donald Trump. Las importaciones de soja, por su parte, vivieron uno de sus mejores periodos debido al aumento de compras tanto a Estados Unidos como a productores latinoamericanos.
Aunque el panorama global continúa siendo desafiante, el salto del superávit comercial por encima del billón de dólares deja claro que China ha encontrado nuevos caminos para sostener su presencia en el comercio mundial. La incógnita ahora es si esta estrategia podrá mantenerse en 2026, cuando la presión arancelaria, el debilitamiento de la demanda interna y el freno del sector manufacturero podrían poner a prueba la resistencia del gigante asiático.
Fuente: Reuters