Energía · Publicado

La IA se está tragando la energía que iba a salvar el planeta, y casi nadie lo está mirando

Aldo Venuta Rodríguez
Aldo Venuta Rodríguez Redacción · 6 min lectura
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Aerogeneradores cerca de un centro de datos de Google en Países Bajos
Créditos: Google.

Cada vez que le pides a una IA que te escriba un correo o te genere una imagen, en algún lugar del planeta un edificio lleno de servidores se calienta, bebe agua y tira de la red eléctrica. Lo que parece magia en tu pantalla es, en realidad, una de las industrias más hambrientas de energía que ha existido jamás.

Y aquí está el choque que casi nadie está contando. Mientras el mundo invierte miles de millones en energía limpia para descarbonizar coches, fábricas y hogares, una nueva fuerza se está bebiendo esa misma energía antes de que llegue a su destino. La inteligencia artificial y la transición energética van de frente hacia una colisión, y la IA lleva las de ganar.

La "nube" no existe, son edificios que tragan luz

Empecemos por derribar un mito. Hablamos de la nube como si fuera algo etéreo, flotando en el aire, pero la nube son naves físicas repletas de servidores que funcionan sin descanso. Cada búsqueda, cada vídeo, cada respuesta de un chatbot pasa por una máquina muy real que consume electricidad y desprende calor.

La diferencia con la IA es de escala. Una búsqueda tradicional en internet es ligera, pero generar un texto o una imagen con un modelo de inteligencia artificial puede consumir varias veces más energía, porque exige a chips especializados hacer billones de cálculos en segundos. Multiplica eso por cientos de millones de usuarios al día y entenderás el problema.

Esos chips, al trabajar tan forzados, se calientan muchísimo, y ahí entra el segundo gran consumo, el agua. Muchos centros de datos se refrigeran evaporando agua dulce, y las cifras marean. Solo en Estados Unidos, estas instalaciones bebieron unos 17.000 millones de galones de agua en 2023, y se prevé que el consumo de los mayores centros se dispare hasta los 33.000 millones de galones al año para 2028.

Cuando la demanda supera a la red

Aquí es donde tu factura de la luz y la salud del planeta empiezan a entrar en juego. La demanda eléctrica de estos centros crece más rápido que nuestra capacidad de generar energía, y mucho más rápido que la red eléctrica, buena parte de ella diseñada hace décadas, puede soportar.

La Agencia Internacional de la Energía calcula que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos se duplicará de aquí a 2030, con la IA como principal responsable de ese salto. El problema es que la energía limpia no crece a ese ritmo, y la prueba es contundente, hoy las renovables apenas cubren el 27% de la electricidad que consumen estos centros. El resto sale de donde puede, a menudo de combustibles fósiles o gas.

Y aquí está lo que de verdad escuece. Mientras unos laboratorios perfeccionan células solares de nueva generación o apuestan por el hidrógeno verde para limpiar nuestra energía, la demanda de la IA se traga esos avances antes de que sirvan para descarbonizar nada. Es como llenar una bañera sin tapón, por mucha agua limpia que eches, el desagüe de los servidores la vacía igual de rápido.

Conviene ser honesto y no convertir la IA en el único villano, porque entrenar un modelo puede gastar menos agua de la que consume un campo de cultivo en un año. Pero la clave no es el total, sino dónde se concentra, porque estos centros aprietan redes eléctricas y acuíferos muy concretos, dejando seca una comarca mientras el resto del país ni se entera.

El nuevo tablero, una guerra por el agua y los enchufes

Este choque ya ha saltado del papel a la política real, y no en países lejanos, sino en decisiones que afectan al vecino de cualquier ciudad. La concentración de centros de datos en ciertas regiones ha llegado a un punto en que compite directamente con la luz que llega a los hogares.

Los ejemplos son demoledores. En Irlanda, los centros de datos ya devoran más del 20% de toda la electricidad del país, y en el estado de Virginia, en Estados Unidos, llegaron a suponer un 26%. Ante esa presión, varias regiones han empezado a debatir e incluso imponer moratorias, frenando la construcción de nuevas granjas de servidores porque amenazan la luz de sus propios habitantes.

Y aquí asoma la nueva geopolítica. Durante años se dijo que la gran pugna mundial sería por los microchips o por el litio de las baterías. Pero se abre un frente más físico y elemental, el de quién tiene el agua y la electricidad para mantener encendida a la IA. Las grandes tecnológicas, conscientes de que su crecimiento ya depende del suministro energético, firman acuerdos para revivir centrales nucleares y construir sus propias plantas de energía, porque el recurso más valioso del futuro quizá no sea el dato, sino el megavatio que lo alimenta.

Una colisión que apenas empieza

Nada de esto significa que haya que elegir entre la IA y el planeta, pero sí obliga a mirar de frente una contradicción que se ha mantenido en la sombra. La tecnología que muchos venden como herramienta para resolver la crisis climática es, al mismo tiempo, una de las que más acelera el consumo de los recursos que esa crisis pone en juego.

El desenlace dependerá de decisiones que se están tomando ahora mismo, desde cómo se refrigeran estos centros hasta con qué energía se alimentan y dónde se permite construirlos. Lo que está claro es que la vieja idea de una transición energética tranquila, avanzando paso a paso hacia un mundo limpio, tendrá que contar con un invitado enorme y hambriento que nadie había sentado a la mesa.

Fuentes

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