La transición energética como problema de red: lo que casi nunca se explica
La transición energética no es solo un problema de cuántos paneles o aerogeneradores se instalan, sino de si la red eléctrica es capaz de absorberlos, mover la energía y mantener el sistema estable.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
3 min lectura
La mayoría del debate sobre la transición energética se centra en la expansión de las renovables (solar, eólica, etc.), pero se pasa por alto la importancia crucial de la red eléctrica. Integrar grandes cantidades de energía limpia requiere infraestructura de transmisión y distribución potente y flexible. Sin embargo, la red actual no ha seguido el ritmo: en Europa, por ejemplo, el 80 % del sistema eléctrico ni siquiera cumplirá con el objetivo de interconexión para 2030. Esto implica que la capacidad de exportar/importar energía entre países es insuficiente (por ejemplo, para 2030 Italia alcanzará apenas un 4 % de interconexión frente al 15 % exigido). El informe de Ember subraya que la interconexión es el “esqueleto invisible” de la transición energética, y que fortalecerla es ya una cuestión de seguridad energética.
La red eléctrica: un cuello de botella global
Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), entre ahora y 2030 habría que dedicar alrededor de 670.000 millones de dólares al año a modernizar y ampliar las redes eléctricas mundiales. Si no se invierte esa cantidad, la integración de nuevas renovables se vuelve difícil y costosa. En la práctica, esto ya ocurre: España, con abundante solar y eólica, “desperdició alrededor del 1 % de su energía renovable en 2023” debido a cuellos de botella en la red. Cada unidad de renovable no evacuada por falta de capacidad equivale a más generación con gas o carbón, encareciendo la electricidad al aumentar la demanda de fuentes fósiles y elevando las emisiones de CO₂.
En Europa el reto es especialmente agudo. Un análisis de Ember calcula que hacen falta 30.000 millones de euros adicionales para completar las interconexiones transeuropeas antes de 2040. Sin esos fondos, muchos proyectos esenciales quedan paralizados. Por ejemplo, el apagón ibérico de abril de 2025 demostró que las interconexiones fueron clave para restablecer el sistema. Los expertos insisten en que invertir en redes ahorra costes: cada euro invertido puede evitar más del doble en gastos de generación al 2040, pero los retrasos regulatorios y la falta de financiación frenan el avance.
Desafíos de inversión y modernización
El problema de red va más allá de las conexiones internacionales. Existe una fuerte desigualdad territorial entre zonas que consumen mucha energía (ciudades e industrias) y zonas con gran producción renovable (áreas rurales o ventosas). Sin planificación, se generan tensiones locales: las comunidades receptoras de parques eólicos o solares pueden sentirse perjudicadas si no reciben beneficios claros. El déficit de inversiones en líneas de transmisión y transformadores o almacenamiento (bombeo hidroeléctrico, baterías) añade inestabilidad.
La transición energética exige ver a la red como una parte integrante del problema. No basta con instalar paneles y aerogeneradores; hay que reforzar la infraestructura eléctrica subterránea y aérea. Como apunta IRENA, modernizar la red es la “base esencial” para integrar renovables y garantizar la estabilidad. De lo contrario, seguiremos con apagones puntuales, emisiones evitables y renovables inyectadas a medias. Solo explicando este ángulo de la red podremos comprender el retraso oculto tras la transición energética.
Fuentes:
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