La Unión Europea está avanzando en su plan para eliminar gradualmente las importaciones de gas natural ruso antes de 2027. Pero la transición no está siendo igual para todos: varios países muy dependientes del gas temen que el cambio llegue demasiado rápido y sin alternativas viables. Esa tensión interna amenaza con convertirse en uno de los mayores choques energéticos del bloque desde 2022.
Aunque Alemania es el mayor consumidor absoluto de gas de Europa, no es el país más expuesto. Ese lugar lo ocupa Italia, donde el gas representa cerca del 40% de toda la energía primaria consumida. Reino Unido, Ucrania, Hungría y los Países Bajos también figuran entre los Estados con mayor peso del gas en su mezcla energética. En total, seis países europeos dependen del gas para un 30% o más de su energía, lo que explica la resistencia ante un corte acelerado del suministro ruso.
El acceso al mar es otro factor decisivo. Nueve de las diez economías más dependientes del gas tienen puertos capaces de recibir cargamentos de gas natural licuado (GNL), una alternativa al gasoducto ruso. Pero Hungría —uno de los países más críticos con la medida— carece de salida al mar y no puede construir su propia terminal. Eslovaquia enfrenta limitaciones similares, y ambas naciones argumentan que la transición impuesta por Bruselas penaliza a los Estados sin infraestructura portuaria.
Incluso los países con grandes terminales de GNL afrontan dificultades. El gas ruso por tubería, aunque no siempre barato, cuesta menos que el GNL importado, cuyos precios suelen ser más altos y volátiles. Esa diferencia de costes amenaza con elevar los precios de la energía y recortar márgenes industriales en sectores clave. Algunos gobiernos alertan que sustituir completamente el gas ruso podría golpear a su industria en un momento de desaceleración económica.
A pesar de esos obstáculos, Europa está aumentando sus compras de GNL. En 2025, las importaciones ya superan los niveles récord de años anteriores, con Estados Unidos como principal proveedor. Sin embargo, el repunte del gas natural licuado coincide con un crecimiento continuo de la generación eléctrica renovable, lo que plantea dudas sobre si esta dependencia del GNL será duradera o solo una etapa transitoria.
En paralelo, la región sigue avanzando en su transición energética. En los últimos cinco años, la electricidad generada a partir de fuentes limpias aumentó más de un 11%, mientras que la producción basada en combustibles fósiles cayó un 15%. Si esa tendencia continúa, el papel del gas en el sistema eléctrico podría reducirse de forma notable en la próxima década.
Aun así, a corto plazo el gas sigue siendo esencial para Europa. Alimenta industrias, calefacciones y sistemas eléctricos que no pueden cambiarse de inmediato. Por eso, aunque la estrategia para cortar el suministro ruso avanza, varios países aseguran que no están preparados para un giro brusco. Y esa tensión entre ambición política y realidad energética marca desde ya el debate que la UE deberá resolver antes de legislar la medida definitiva en 2026.