La carrera global por las CBDC ya no es teórica
A principios de 2026, más de 130 países exploran alguna forma de dinero digital soberano y más de 70 se encuentran en fase de desarrollo o piloto, según el rastreador del Atlantic Council. En la práctica, se trata de monedas digitales de bancos centrales (CBDC), versiones electrónicas del dinero emitidas por autoridades monetarias nacionales. La cifra no es anecdótica: representa el 98 por ciento del PIB mundial. Lo que hasta hace poco era un debate entre economistas se ha convertido en una competición geopolítica donde cada bloque apuesta por un modelo distinto. Esas tres posiciones dibujan un mapa fragmentado en el que las decisiones que se tomen ahora van a definir cómo funcionará el dinero en las próximas décadas.
El caso más avanzado es el del yuan digital chino. A noviembre de 2025, el e-CNY acumulaba 3.480 millones de transacciones por un valor total equivalente a 2,37 billones de dólares, un crecimiento superior al 800 por ciento respecto a 2023.
Pero lo relevante no es solo la cifra, sino el giro estratégico que Pekín ejecutó el 1 de enero de 2026: desde esa fecha, los bancos comerciales chinos pagan intereses sobre los saldos en yuanes digitales, lo que transforma la CBDC de un simple sustituto del efectivo en algo más parecido a un depósito bancario convencional. Esa decisión rompe el consenso internacional de que las monedas digitales de bancos centrales no deberían ser remuneradas para evitar desestabilizar al sistema financiero. China apuesta por lo contrario: hacer su dinero digital lo bastante atractivo como para que la gente lo use de verdad, en un mercado donde WeChat Pay y Alipay siguen dominando los pagos móviles.
Europa legisla, pero el euro digital aún no existe
El Banco Central Europeo completó en octubre de 2025 su fase de preparación técnica para el euro digital y ha pasado a una nueva etapa centrada en construir la infraestructura, seleccionar proveedores y preparar un piloto. La presidenta Christine Lagarde ha descrito esta moneda digital como un ancla de estabilidad financiera para la era digital y ha trasladado la responsabilidad a los legisladores europeos: si el Parlamento y el Consejo de la UE aprueban la normativa durante 2026, el BCE podría iniciar pruebas piloto a mediados de 2027 y una primera emisión en 2029.
El proyecto tiene un presupuesto de 1.300 millones de euros en desarrollo y costes operativos anuales previstos de 320 millones a partir de esa fecha.
El diseño propuesto funciona con un modelo de dos capas: el BCE gestiona la infraestructura central y los bancos comerciales distribuyen el euro digital a los usuarios. A diferencia del modelo chino, el euro digital no pagaría intereses, precisamente para evitar que los ciudadanos trasladen sus ahorros desde los bancos comerciales hacia el banco central, lo que podría desestabilizar el sistema de intermediación financiera. Se estudian límites de tenencia de entre 10.000 y 20.000 euros por persona y se ha demostrado la viabilidad técnica de pagos sin conexión a internet.
Como recoge hoy COPE, el euro digital tendría el mismo valor que el euro físico y no sería una criptomoneda, sino dinero público en formato digital que conviviría con billetes y monedas sin sustituirlos. Para el usuario, funcionaría de manera similar a pagar con el móvil, pero con una diferencia clave: el dinero no estaría en un banco comercial, sino emitido directamente por el BCE.
Estados Unidos rechaza una CBDC pública y delega en el sector privado
Mientras Europa y China avanzan, Estados Unidos ha tomado el camino opuesto. En enero de 2025, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva que detuvo todo trabajo federal sobre una CBDC minorista. En julio, la Cámara de Representantes aprobó por 219 votos contra 210 la Anti-CBDC Surveillance State Act, un proyecto de ley que prohíbe a la Reserva Federal emitir, pilotar o desarrollar cualquier moneda digital destinada al público. El proyecto, que aún espera resolución en el Senado, se presenta como una defensa de la privacidad financiera frente al riesgo de vigilancia estatal. En paralelo, la administración impulsó la regulación de stablecoins privadas con la GENIUS Act, delegando la innovación monetaria digital al sector privado.
Esa decisión tiene consecuencias más allá de la política interna. Varios analistas advierten que la ausencia de liderazgo estadounidense en estándares técnicos para CBDC podría debilitar la influencia de Washington sobre las normas globales de pagos digitales. Si la infraestructura de pago transfronterizo del futuro se construye en Pekín o Fráncfort, las reglas reflejarán otras prioridades. El proyecto mBridge, que conecta las CBDC de China, Tailandia, Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong y Arabia Saudí, ha procesado transacciones por valor de 55.490 millones de dólares y opera ya sin la participación del Banco de Pagos Internacionales.
Rusia prevé habilitar su rublo digital en septiembre de 2026 y Brasil planea lanzar su Drex el mismo año.
Privacidad y control en las CBDC: el debate que sigue abierto
El debate sobre la privacidad atraviesa todos estos proyectos. Durante la consulta pública del BCE sobre el euro digital, el 43 por ciento de los comentarios ciudadanos se centró en preocupaciones sobre el uso de datos personales.
El argumento es directo: cualquier CBDC necesita cierto grado de trazabilidad para cumplir con las normativas contra el blanqueo de capitales, lo que la convierte, por diseño, en un instrumento menos privado que el efectivo. China cifra y anonimiza parcialmente las transacciones con e-CNY, pero el banco central conserva la capacidad de rastrearlas. El BCE promete que ni la institución ni los gobiernos podrán identificar qué compra cada usuario.
Los críticos responden que las garantías técnicas dependen de decisiones políticas futuras y que un sistema centralizado de pagos digitales crea una infraestructura de vigilancia potencial, aunque hoy se declare que no se usará como tal.
Lo que está en juego no es solo una modernización técnica. Cada modelo de CBDC implica decisiones sobre cuánto control tendrá el Estado sobre las transacciones de sus ciudadanos, si los bancos conservarán su papel de intermediarios y si el dinero digital será una herramienta de inclusión o un nuevo mecanismo de exclusión. La distancia entre una moneda digital que proteja derechos y una que los erosione depende menos de la tecnología que de quién la gobierne y bajo qué reglas.
El riesgo que ningún modelo ha puesto a prueba: la corrida bancaria digital
Existe un escenario que todos estos proyectos contemplan en teoría, pero que ninguno ha experimentado en la práctica. Si una CBDC está disponible las 24 horas y se puede usar desde el móvil, una crisis de confianza en un banco comercial ya no implicaría hacer cola en una sucursal: bastarían unos toques en la pantalla para trasladar los ahorros al banco central. Lo que antes tardaba días podría ocurrir en minutos.
Los límites de tenencia que estudia el BCE —entre 10.000 y 20.000 euros por persona— buscan contener ese riesgo. Sin embargo, en una unión monetaria con más de 340 millones de habitantes, un tope individual no elimina la posibilidad de movimientos masivos si el pánico se generaliza. En China, donde el yuan digital paga intereses, el incentivo para trasladar depósitos es aún más evidente. Ningún diseño actual ha sido probado bajo una crisis financiera real en un entorno plenamente digital, y ese vacío es, por ahora, una incógnita estructural del nuevo sistema.