Qué son las monedas digitales de los bancos centrales y cómo afectan a tu dinero

Las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) son versiones electrónicas del dinero oficial de un país, emitidas directamente por la autoridad monetaria. Su avance global se ha acelerado y ya plantea preguntas concretas sobre privacidad, control estatal y el futuro del sistema financiero.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

7 min lectura

Moneda dorada CBDC con diseño de circuito digital frente a banco desenfocado

Tu dinero, pero en manos del banco central

Cuando pagas con el móvil o con tarjeta, el dinero que se mueve pertenece a tu banco comercial, que a su vez tiene reservas en el banco central. Una CBDC cambia esa lógica. El dinero digital que recibirías y gastarías sería una obligación directa del banco central, no de tu banco de toda la vida. Es como si el billete de tu cartera se convirtiera en un código en tu teléfono, pero emitido por la misma institución que imprime ese billete.

La diferencia no es solo técnica. Si una parte significativa de los ciudadanos trasladara sus ahorros hacia monederos del banco central, los bancos comerciales perderían depósitos y capacidad para conceder préstamos. Ese riesgo es una de las razones por las que la mayoría de proyectos contemplan límites de tenencia. El Banco Central Europeo ha analizado rangos aproximados de entre 10.000 y 20.000 euros por persona para evitar impactos bruscos sobre el sistema bancario. El Banco de Inglaterra maneja cifras similares en libras.

China, en cambio, ha dado un paso que ningún otro gran banco central se ha atrevido a dar: desde el 1 de enero de 2026, los saldos en yuanes digitales generan intereses, lo que convierte al e-CNY en algo más parecido a un depósito bancario que a efectivo electrónico.

Esa decisión rompe un consenso que parecía sólido. Tanto el BCE como la Reserva Federal habían defendido que las monedas digitales de bancos centrales no deberían ser remuneradas para evitar competir con los depósitos bancarios. Pekín apuesta por lo contrario, intentando que su dinero digital gane terreno frente a WeChat Pay y Alipay, las plataformas que dominan los pagos en el país.

Tres modelos, tres visiones del dinero

A principios de 2026, 137 países que representan el 98 por ciento del PIB mundial exploran alguna forma de CBDC, según el Atlantic Council. Pero detrás de esa cifra hay modelos distintos.

China lidera en escala. Su yuan digital acumula 3.480 millones de transacciones por un valor equivalente a 2,37 billones de dólares, con un crecimiento del 800 por ciento desde 2023. Ha lanzado un centro de operaciones internacionales en Shanghái y prueba pagos transfronterizos a través del proyecto mBridge, que conecta a bancos centrales de Hong Kong, Tailandia, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, y desarrolla pilotos bilaterales con Singapur.

Europa avanza por otro camino. El BCE completó en octubre de 2025 su fase de preparación técnica y prevé iniciar un piloto a mediados de 2027, con una primera emisión posible en 2029 si los legisladores aprueban la normativa este año. El euro digital no pagaría intereses, funcionaría a través de bancos comerciales y promete privacidad comparable al efectivo para pagos de bajo importe.

Estados Unidos ha cerrado la puerta. En enero de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva que paralizó todo trabajo federal sobre una CBDC minorista. En julio, la Cámara aprobó la Anti-CBDC Surveillance State Act por 219 votos contra 210, prohibiendo a la Reserva Federal emitir cualquier moneda digital al público. El proyecto, pendiente en el Senado, se presenta como defensa de la privacidad financiera. En paralelo, Washington reguló las stablecoins privadas con la GENIUS Act, delegando la innovación al sector privado.

Lo que pueden saber de ti cada vez que pagas

Aquí está el nudo del asunto. El efectivo no deja rastro. Cuando compras algo con un billete, nadie registra qué compraste ni a quién le pagaste. Cualquier CBDC, por diseño, necesita algún grado de trazabilidad para cumplir con las normativas contra el blanqueo de capitales. Eso la convierte automáticamente en un instrumento menos privado que el dinero físico.

La pregunta es cuánto menos privado.

China cifra las transacciones con e-CNY y aplica capas de anonimato controlado, pero el banco central conserva la capacidad de rastrear cualquier operación. El BCE ha prometido que ni la institución ni los gobiernos podrán identificar qué compra cada usuario. En Reino Unido, el Banco de Inglaterra ha afirmado que futuras leyes garantizarían que ni el banco ni el gobierno pudieran controlar cómo gastas tu dinero. En la consulta pública del BCE sobre el euro digital, el 43 por ciento de los participantes señaló la privacidad como la característica más importante del diseño.

Pero las garantías de privacidad financiera dependen de decisiones políticas que pueden cambiar. Un gobierno futuro podría modificar los umbrales de anonimato o vincular los monederos a identidad biométrica. En algunos países, como Jamaica, el acceso a los monederos digitales está vinculado a sistemas de identidad reforzada, lo que ha generado debate sobre el uso de datos personales. Nigeria exige verificación estricta para acceder a las funciones útiles del eNaira. En China, el e-CNY se ha usado para incentivar conductas de gasto.

Las consecuencias van más allá de la vigilancia directa. Si cada transacción queda registrada en un sistema centralizado, los ciudadanos podrían modificar su comportamiento económico por la simple consciencia de ser observados. Se compraría, se donaría y se invertiría de otra manera. El dinero dejaría de ser un instrumento neutro para convertirse en un canal de información sobre las decisiones más íntimas de cada persona.

Existen herramientas para mitigar ese riesgo. Las pruebas de conocimiento cero permiten verificar que una transacción es legítima sin revelar quién paga ni cuánto. Varios bancos centrales y organismos como el Foro Económico Mundial estudian su aplicación en CBDC. Suecia, por su parte, implementó en su piloto de la e-krona una arquitectura de privacidad basada en un registro distribuido que limita el acceso a la información de las transacciones a las partes estrictamente necesarias, siguiendo el principio de necesidad de conocer. Pero la tecnología no responde a la pregunta de fondo: quién decide qué nivel de supervisión es aceptable y bajo qué mecanismos de control democrático se toman esas decisiones.

El dinero del futuro se decide ahora

El debate sobre las CBDC no es técnico. Es un debate sobre poder. Sobre si el Estado debe tener la capacidad de ver cada transacción que realizas, o solo aquellas que una autoridad judicial autorice. Sobre si los bancos comerciales seguirán siendo el canal entre los ciudadanos y su dinero, o si el banco central asumirá un papel mucho más directo.

Mientras China integra su moneda digital en la arquitectura financiera del país, Europa negocia las reglas en el Parlamento y Estados Unidos apuesta por la innovación privada, el reloj avanza. Rusia prevé activar su rublo digital en septiembre de 2026. Brasil planea lanzar su Drex el mismo año.

Las CBDC no son solo una modernización del dinero, sino una reconfiguración de la relación entre los ciudadanos y su Estado. Las decisiones que se tomen ahora sobre su diseño determinarán si las monedas digitales protegen los derechos fundamentales o si se convierten en herramientas de control que ningún billete de papel permitió jamás.

Fuentes:

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