La teoría clásica de la megainundación del Mediterráneo
Durante más de medio siglo, la explicación dominante sobre la historia del Mediterráneo sostenía que el mar casi desapareció y luego se rellenó mediante una inundación colosal procedente del Atlántico. Esta hipótesis se vincula a la llamada crisis salina del Messiniense, un episodio ocurrido hace entre cinco y seis millones de años.
La idea empezó a consolidarse en 1970 tras una expedición del buque de perforación oceánica Glomar Challenger. Durante ese viaje, los científicos perforaron el fondo del Mediterráneo y recuperaron muestras geológicas que contenían grandes cantidades de evaporitas, minerales como yeso y halita que suelen formarse cuando el agua se evapora intensamente.
El hallazgo llevó a una interpretación dramática. Si esos depósitos de sal se habían formado por evaporación, muchos investigadores concluyeron que el Mediterráneo debió secarse casi por completo durante un largo periodo. Según ese modelo, la cuenca habría quedado convertida en un enorme desierto salino situado cientos o incluso miles de metros por debajo del nivel del mar.
La segunda parte del relato proponía un final igualmente espectacular. Cuando el Atlántico volvió a conectarse con la cuenca mediterránea, el agua habría irrumpido a través del estrecho de Gibraltar generando una inundación gigantesca capaz de rellenar el mar en un periodo relativamente corto. Durante décadas, esta reconstrucción se convirtió en la explicación más difundida.
Las nuevas evidencias que cuestionan el diluvio mediterráneo
En los últimos años, distintos estudios geológicos han empezado a revisar esa interpretación. Aunque nadie discute la existencia de la crisis salina del Messiniense ni los enormes depósitos de sal bajo el Mediterráneo, varios investigadores consideran que la historia pudo ser más compleja y menos abrupta.
Uno de los argumentos centrales es que las evaporitas no necesariamente implican que una cuenca se haya secado por completo. Algunos geólogos señalan que minerales como el yeso también pueden precipitar directamente en aguas profundas muy salinas, sin necesidad de que el mar desaparezca.
Otra dificultad proviene de la cantidad de sal acumulada. Los depósitos existentes representan una fracción notable de la sal de los océanos del planeta. Para explicar tal volumen mediante un único episodio de evaporación, el Mediterráneo tendría que haberse vaciado y rellenado varias veces, lo que sugiere una historia más larga y dinámica.
Las investigaciones también han encontrado depósitos alternos de yeso y sedimentos orgánicos en lugares como Sicilia. Esta alternancia se interpreta como evidencia de cambios repetidos entre fases más secas y fases más húmedas. Muchos geólogos relacionan estos ciclos con la precesión del eje de la Tierra, un movimiento lento que altera el clima aproximadamente cada 23.000 años.
Un Mediterráneo que pudo cambiar gradualmente
Otros trabajos recientes exploran la posibilidad de que el Mediterráneo nunca se desconectara completamente del Atlántico. Algunos modelos sugieren que la conexión pudo mantenerse muy estrecha o poco profunda durante ciertos periodos, permitiendo el paso limitado de agua sin provocar una inundación catastrófica.
También se ha propuesto que parte del relleno de la cuenca pudo producirse a través de aportes de agua dulce procedentes del antiguo sistema lacustre Paratetis, una vasta región de lagos que incluía las áreas actuales del mar Negro y del mar Caspio. Simulaciones geológicas indican que la erosión y los cambios en el relieve pudieron conectar progresivamente esos sistemas.
Esta hipótesis ayudaría a explicar la presencia de ciertos fósiles de organismos que originalmente vivían en esas regiones. También permitiría comprender por qué algunos registros indican que el Mediterráneo se volvió menos salado durante ciertas fases de la crisis.
Las expediciones científicas más recientes también han aportado dudas sobre el escenario clásico de una gran inundación desde Gibraltar. Perforaciones en el mar de Alborán, la cuenca situada inmediatamente al este del estrecho, no han encontrado señales claras de un evento hidráulico extremadamente violento.
Todo ello sugiere que el Mediterráneo pudo experimentar una serie de cambios graduales: fluctuaciones del nivel del mar, conexiones temporales con otros sistemas acuáticos y variaciones climáticas que alteraron la salinidad y la profundidad de la cuenca a lo largo de cientos de miles de años.
La revisión de esta historia muestra cómo la geología puede transformar interpretaciones que durante décadas parecían firmes. En lugar de una única catástrofe repentina, el Mediterráneo podría haber cambiado mediante procesos más lentos, en los que pequeñas variaciones tectónicas y climáticas terminaron produciendo transformaciones gigantescas.