El hallazgo se sitúa en una de las regiones más estudiadas del planeta, tanto por su actividad geológica como por su papel en la historia humana. El Rift de Turkana, en África Oriental, combina volcanismo activo con un registro fósil clave para entender a los primeros homininos.
Los investigadores han identificado que la corteza terrestre en esta zona es mucho más delgada de lo que se pensaba. A lo largo del eje del rift, su espesor ronda los 13 kilómetros, frente a los más de 35 kilómetros que presenta en áreas alejadas. Esta diferencia apunta a un proceso avanzado de estiramiento tectónico.
Este fenómeno, conocido como rifting, ocurre cuando las placas tectónicas se separan lentamente. En el caso de Turkana, las placas africana y somalí se alejan a un ritmo de unos 4,7 milímetros al año, lo que provoca fracturas en la corteza y la ascensión de magma desde el interior.
El estudio sugiere que la región ha alcanzado un punto crítico dentro de ese proceso. Cuanto más se adelgaza la corteza, más débil se vuelve, lo que facilita nuevas fracturas. Según los autores, esta dinámica acerca al sistema a una eventual ruptura continental, aunque en escalas de millones de años.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo utilizó datos sísmicos de alta resolución que permiten observar la estructura del subsuelo. Al analizar cómo se reflejan las ondas en distintas capas, reconstruyeron la profundidad de la corteza y la distribución de sedimentos en el rift.
Los resultados también indican que este no es el primer episodio tectónico en la zona. Evidencias de un rifting anterior, que no llegó a romper el continente, habrían debilitado la corteza, facilitando la fase actual. Este punto cuestiona algunos modelos tradicionales sobre cómo se fragmentan los continentes.
El proceso, sin embargo, no es inmediato. El rift comenzó a formarse hace unos 45 millones de años, y el adelgazamiento más intenso se vincula a erupciones volcánicas ocurridas hace alrededor de 4 millones de años. La transición hacia una fase oceánica, con formación de nuevo lecho marino, requerirá aún varios millones de años más.
Más allá de la geología, el estudio abre una interpretación distinta sobre el registro fósil de la región. El área de Turkana ha proporcionado más de 1200 fósiles de homininos, lo que la ha situado como un punto clave en la evolución humana.
Los autores plantean que esta concentración no implica necesariamente que fuera el centro de esa evolución. Proponen que las condiciones geológicas, como la acumulación de sedimentos finos tras el hundimiento del terreno, favorecieron la preservación continua de restos.
Esa idea introduce un matiz importante: el valor de Turkana podría estar más relacionado con su capacidad para conservar fósiles que con haber sido el principal escenario de la evolución humana. Se trata, por ahora, de una hipótesis que otros investigadores deberán explorar.
El caso del Rift de Turkana ofrece así una doble lectura. Por un lado, permite observar en tiempo geológico una fase avanzada de fragmentación continental. Por otro, obliga a revisar cómo se interpretan los registros fósiles en función de los procesos geológicos que los hacen posibles.