Pocos temas energéticos generan posiciones tan opuestas. Mientras Alemania cerró sus últimas centrales nucleares en 2023 tras décadas de presión social, Francia produce cerca del 70 % de su electricidad con reactores nucleares y no tiene intención de abandonarlos. Japón, que vivió el desastre de Fukushima en 2011, ha comenzado a reactivar plantas que llevaban años paradas.
No se trata solo de ideología. Cada país arrastra su propia historia con esta tecnología, sus propios accidentes, sus propios miedos y sus propias necesidades energéticas. Entender por qué unos cierran y otros abren requiere mirar más allá de los titulares.
Los que se alejan y sus razones
El accidente de Chernóbil en 1986 y el de Fukushima en 2011 marcaron un antes y un después en la percepción pública de la energía nuclear. Ambos demostraron que un fallo en una central puede tener consecuencias catastróficas que se extienden durante generaciones y atraviesan fronteras.
Alemania es el caso más emblemático. El movimiento antinuclear alemán lleva activo desde los años setenta y consiguió que el país adoptara una política de cierre progresivo. La decisión se aceleró tras Fukushima, cuando la opinión pública presionó con fuerza al gobierno de Angela Merkel para fijar una fecha definitiva de abandono.
Pero cerrar centrales nucleares tiene un coste que no siempre se menciona. Alemania tuvo que compensar esa pérdida de producción eléctrica aumentando temporalmente el uso de gas natural y carbón, lo que incrementó sus emisiones de CO₂ justo cuando debía reducirlas.
Austria, Italia y Dinamarca también rechazaron la nuclear hace décadas mediante referéndums populares. En cada caso el miedo pesó más que la promesa de electricidad barata, y ninguno de esos países ha dado señales de reconsiderar su postura a corto plazo.
Los que regresan y lo que buscan
La crisis climática ha cambiado las reglas del juego. Producir electricidad sin emitir carbono es ahora una prioridad urgente, y la nuclear es una de las pocas fuentes capaces de generar grandes cantidades de energía limpia de forma constante, sin depender del viento ni del sol.
Francia nunca se fue, pero otros están volviendo, en un contexto en el que la energía nuclear renace en EE. UU. y Europa con inversiones millonarias y apoyo tecnológico. Reino Unido planea construir nuevas centrales. China e India inauguran reactores a un ritmo que no se veía desde los años ochenta. Incluso el país norteamericano, donde no se ha abierto una planta nueva en décadas, empieza a reconsiderar su posición ante la presión de cumplir sus compromisos climáticos.
La nueva generación de reactores modulares pequeños promete resolver algunos de los problemas históricos. Son más baratos de construir, más fáciles de gestionar y teóricamente más seguros que las enormes centrales tradicionales, aunque ninguno ha demostrado todavía su viabilidad comercial a gran escala.
Lo que no tiene respuesta fácil
Los residuos radiactivos siguen siendo el gran problema sin resolver. Ningún país del mundo ha puesto en funcionamiento un almacén geológico permanente para desechos de alta actividad, aunque Finlandia está a punto de inaugurar el primero en Onkalo.
Construir una central nuclear nueva tarda entre diez y quince años y supera casi siempre el presupuesto inicial. En un contexto donde la emergencia climática exige soluciones rápidas, ese plazo juega en contra frente a las renovables, que pueden desplegarse en meses.
Y ahí está la verdadera tensión. Abandonar la energía nuclear en plena crisis climática supone renunciar a una de las pocas fuentes limpias capaces de producir energía a gran escala. Pero apostar por ella implica invertir fortunas en plantas que no estarán listas hasta dentro de una década, cuando las emisiones necesitan bajar ya.
Al final la cuestión no es si la nuclear es buena o mala. Es si el planeta puede permitirse descartarla mientras el reloj climático avanza, o si el miedo acumulado durante décadas ha dejado de ser prudencia para convertirse en un lujo que ya no podemos permitirnos.