En mitad del desierto de Karakum, en Turkmenistán, el cráter de Darvaza lleva décadas ardiendo. Durante años fue una imagen casi irreal: un agujero abierto en la tierra, lleno de fuego, visible desde lejos y convertido en símbolo turístico de un accidente energético que nunca terminó de apagarse.
Ahora las autoridades turcomanas y los datos citados por especialistas apuntan a un cambio importante. La combustión del cráter se habría reducido de forma notable. Donde antes el resplandor podía verse a varios kilómetros, ahora quedarían focos mucho más pequeños cerca del propio cráter.
La noticia parece positiva, pero no conviene leerla solo con los ojos. Menos llamas no significan automáticamente menos impacto ambiental. Si el gas que antes ardía ha dejado de llegar al cráter o está siendo extraído por pozos controlados, el avance sería importante. Si parte del metano escapa por otros caminos sin quemarse, el problema puede haberse vuelto menos visible, no necesariamente menor.
Un cráter nacido de un accidente gasífero
Darvaza se encuentra en el centro de Turkmenistán, dentro de la estructura Chaljub del grupo de depósitos Zeagli-Derveza, a unos 270 kilómetros de Ashgabat. Según la versión oficial turcomana, el cráter se formó tras el colapso accidental de un pozo exploratorio perforado en una estructura con gas. Para evitar intoxicaciones por el gas que escapaba, se decidió prenderlo fuego.
La expectativa inicial era que la combustión durara poco. Se pensaba que el gas se agotaría en unos días o que el sistema quedaría inundado, como ocurrió en otras estructuras cercanas. Pero Darvaza siguió ardiendo. El cráter, de unos 60 metros de diámetro y unos 20 metros de profundidad, se convirtió en una fuga persistente de gas natural hacia la superficie.
La fecha exacta del origen ha sido discutida durante años. El portal oficial turcomano habla de combustión continua desde 1963, mientras otras referencias han citado 1971 y algunos análisis de imágenes satelitales sitúan el fuego visible a finales de los años ochenta. Más allá de esa cronología, el fondo es el mismo: una fuga que se prolongó mucho más de lo previsto.
Por qué sigue saliendo gas después de tanto tiempo
Los estudios del Instituto de Investigación de Gas Natural de Turkmengas apuntan a una explicación geológica compleja. La zona no estaría alimentada por un único bolsillo simple de gas, sino por numerosos estratos productivos delgados, situados entre unos 200 y 950 metros de profundidad, alternados con acuíferos y rocas densas.
Los datos de los pozos de producción indican que esos estratos y depósitos pueden estar conectados entre sí. Esa conexión hidrodinámica ayuda a entender por qué el fuego no se apagó rápidamente. Aunque el pozo original hubiera abierto un depósito limitado, el gas pudo seguir llegando desde distintas capas y fuentes subterráneas.
Los intentos de inspeccionar el cráter tampoco encontraron una solución sencilla. Especialistas descendieron al fondo con la idea de localizar restos del pozo dañado o un tramo cementado que permitiera instalar equipos de control. No encontraron una boca clara que pudiera cerrarse como si fuera una válvula. El gas salía desde múltiples puntos de la superficie del cráter.
Eso hace que Darvaza sea algo más incómodo que una llama aislada. Es un sistema subterráneo con vías de filtración, capas conectadas y flujo de gas repartido. Para apagarlo de verdad, no basta con cubrir el agujero o esperar a que el fuego desaparezca.
El plan para redirigir el gas
La propuesta de los científicos turcomanos consiste en actuar bajo tierra. Especialistas del Instituto de Investigación de Gas Natural plantearon perforar un pozo de producción y evaluación en el yacimiento de Chaljub para extraer gas de forma intensiva desde la zona con mayores reservas.
La idea es redirigir los flujos de filtración. En lugar de permitir que el gas encuentre salida hacia el cráter, se intenta conducirlo hacia pozos controlados, donde pueda ser gestionado y aprovechado. Según Turkmengas, los trabajos en pozos cercanos ya habrían contribuido a reducir de manera significativa la alimentación del cráter.
En términos ambientales, esa diferencia es crucial. Quemar metano produce dióxido de carbono, pero dejar escapar metano sin quemar puede ser peor a corto plazo, porque es un gas de efecto invernadero mucho más potente durante las primeras décadas. Por eso la prueba real no será solo ver menos fuego, sino medir menos metano escapando a la atmósfera.
Los satélites han empezado a mirar ese punto con más detalle. Estudios presentados en foros científicos detectaron emisiones de metano en Darvaza con instrumentos como EnMAP, PRISMA y EMIT, con rangos de miles de kilos por hora. Eso confirma que el cráter no es solo una rareza visual, sino una fuente relevante de emisiones que debe medirse con datos, no solo con fotografías nocturnas.
Si Turkmenistán logra cerrar o controlar la fuga, el beneficio sería doble. Reduciría emisiones incontroladas y evitaría la pérdida de un recurso energético valioso. Pero si la llama disminuye mientras el gas sigue escapando por rutas invisibles, el problema seguiría abierto bajo la superficie.
Darvaza se ha contado muchas veces como una historia extraña del desierto, una puerta ardiente que parecía desafiar al tiempo. La lectura actual es menos espectacular y más importante. El futuro del cráter no depende del brillo de sus llamas, sino de si los científicos consiguen entender y controlar la red subterránea que lo alimenta.