Qué pasa cuando demasiados paneles solares producen a la vez
En ciertas horas del día la electricidad solar supera la demanda y pone a prueba a la red, provocando recortes, precios anómalos y nuevos desafíos para la gestión del sistema eléctrico.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
6 min lectura
Hay un momento del día en que la electricidad puede sobrar. No “en teoría”, sino de forma física: la red recibe más energía de la que los hogares, las fábricas y los servicios están consumiendo. En ese instante, la energía solar deja de ser un regalo fácil y se convierte en una pregunta incómoda: ¿qué haces con algo que llega en masa, rápido y justo cuando no lo necesitas?
Lo que está ocurriendo en muchos sistemas eléctricos es simple de describir y difícil de gestionar: al mediodía, cuando el sol pega fuerte, miles o millones de paneles empujan electricidad a la vez. Si la demanda no acompaña —porque la gente está fuera de casa, porque la industria está a otro ritmo o porque el clima reduce el consumo— el sistema entra en “exceso”. Y una red eléctrica no es un almacén: si entra más de lo que sale, algo tiene que ceder.
El primer efecto suele verse en el precio. En mercados donde la electricidad se negocia por horas, el exceso solar empuja el precio hacia abajo y, a veces, lo hace caer a cero o incluso a valores negativos. Suena raro, pero no significa que “regalen dinero por consumir” por altruismo: significa que hay operadores que prefieren pagar por no apagar ciertas plantas o por mantener estabilidad antes que asumir otros costes técnicos y contractuales.
El segundo efecto, más invisible, es que la red empieza a “decir que no”. Se recorta producción. A esto se le llama curtailment: paneles que podrían generar, pero a los que se les limita la salida para que el sistema no se descompense. En plantas grandes se hace con órdenes directas; en instalaciones pequeñas puede ocurrir con límites del inversor o por reglas del operador de red. Es electricidad potencial que no se usa, y por tanto, ingresos que no llegan.
Aquí aparece un choque que muchos no ven: la solar es abundante, pero también es rígida en su horario. No decide cuándo producir; lo decide el cielo. Si a la vez tienes poco viento, pocas centrales de respuesta rápida o pocas interconexiones con otros territorios, el sistema queda atrapado en una montaña rusa: al mediodía sobra y al atardecer falta, justo cuando la gente vuelve, cocina, enciende luces y sube el consumo.
Ese salto brusco tiene un nombre popular: la “curva del pato”. No es un meme, es una forma de describir cómo la demanda neta (demanda total menos solar) cae en picado a mediodía y luego se dispara al caer el sol. Para la red, lo difícil no es solo cubrir el pico, sino cubrirlo rápido. Y cuando se necesita potencia rápida, entran centrales de respaldo, sube el coste y, si el sistema está apretado, sube el riesgo de problemas.
Además, demasiada producción distribuida cambia el flujo normal de la electricidad. Tradicionalmente la energía salía de grandes centrales hacia los consumidores. Con mucha solar en tejados y plantas repartidas, a veces la electricidad “sube” desde barrios residenciales hacia niveles superiores de la red. Eso puede tensionar líneas, transformadores y sistemas de protección que no estaban pensados para ese tráfico en sentido contrario.
También hay un tema de calidad y control que suele explicarse mal. En una red, no basta con “meter kilovatios”. Hace falta que la frecuencia y el voltaje se mantengan en rangos estables. Cuando la producción renovable domina en ciertas horas, y parte de la generación tradicional baja o se apaga, cambian los apoyos físicos que antes ayudaban a estabilizar el sistema. No significa que sea imposible operar así, pero sí exige tecnología, reglas y planificación más finas.
La solución de manual suena tentadora: “pues guardemos el exceso en baterías”. Las baterías ayudan, pero no son un interruptor mágico. Sirven bien para mover energía unas horas, amortiguar picos y dar respuesta rápida. Pero si el problema es muy grande o dura muchos días, las baterías actuales pueden quedarse cortas o volverse caras. Y aunque las pongas, sigues teniendo que decidir quién paga, dónde se instalan y cómo se recompensa su servicio.
Otra salida es trasladar consumo a las horas de sol: cargar coches eléctricos al mediodía, programar bombas de calor, mover procesos industriales, incentivar agua caliente o refrigeración cuando la energía sobra. Esto sí ataca el problema por el lado correcto: si sobra electricidad, crea demanda útil en ese mismo momento. El obstáculo es que requiere tarifas, automatización y hábitos; no basta con “decirle a la gente” que lo haga.
Hay soluciones menos glamurosas pero decisivas: reforzar redes locales, ampliar interconexiones entre regiones, mejorar previsión meteorológica, y diseñar mercados que no castiguen lo que el sistema necesita. Si una planta flexible pierde dinero por estar disponible pero no producir, no aparecerá cuando haga falta. Y si una instalación solar no tiene señales claras de cuándo conviene producir o limitarse, el exceso se vuelve más caótico.
El punto crítico es este: que haya demasiada solar a la vez no es “un fracaso de la energía limpia”, pero sí revela que la transición no va solo de instalar paneles. Va de red, de control, de almacenamiento, de precios y de coordinación. Si metes generación masiva sin adaptar lo demás, el sistema se defiende como puede: recortando, pagando precios extraños o usando respaldo en el peor momento.
Lo que queda por ver es cómo se reparte el coste de arreglarlo. Porque el exceso solar crea un dilema político y económico: todos quieren energía barata y limpia, pero no todos quieren pagar cables nuevos, baterías, automatización o reformas de mercado. La gran pregunta de los próximos años no es si la solar crecerá —eso parece claro— sino si aprenderemos a convertir sus horas de abundancia en estabilidad, y no en un problema que se esconda detrás de una factura más confusa.
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