Incendios forestales y quemas prescritas podrían estar elevando la carga real de contaminación
Nuevas estimaciones sugieren que tanto los incendios forestales como las quemas prescritas liberan más contaminantes de lo que se creía, elevando la carga real de contaminación atmosférica y complicando la evaluación de sus efectos sobre la salud y el clima.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
El aire no se ensucia solo con lo que ves. A veces lo peor no es la nube gris que te obliga a cerrar la ventana, sino una mezcla de gases invisibles que siguen reaccionando después, formando contaminación fina cuando ya parece que el incendio “pasó”. Si esa parte está infravalorada, también lo está el riesgo real para la gente.
La actualización de fondo es esta: al contar mejor los gases orgánicos que salen de incendios forestales y quemas prescritas, las emisiones globales subirían de manera notable frente a lo que se manejaba antes. En concreto, el ajuste propuesto eleva alrededor de un 21% las emisiones de compuestos orgánicos procedentes de incendios, una corrección que no es un detalle: cambia el punto de partida con el que se modela calidad del aire y se evalúan impactos.
La clave está en qué se estaba dejando fuera. Muchos cálculos se apoyan sobre todo en los compuestos orgánicos “volátiles”, los que se evaporan con facilidad. Pero los incendios también liberan otros compuestos que no se comportan igual: algunos son “intermedios” o “semivolátiles”, más difíciles de medir y de meter en un inventario global. Y precisamente esos tienden a convertirse con más facilidad en partículas finas una vez están en la atmósfera, que es donde empieza el problema de inhalación.
Para rehacer la cuenta, el trabajo cruza dos tipos de información: por un lado, dónde y cuánto se quemó el planeta entre 1997 y 2023 en bosques, pastizales y turberas; por otro, qué mezcla de compuestos suele emitir cada tipo de vegetación cuando arde. Donde faltaban medidas en campo, se apoyan en resultados de laboratorio para aproximar qué sale. Con esa combinación estiman un promedio de 143 millones de toneladas anuales de compuestos orgánicos volátiles emitidos por incendios, y el mensaje es que el inventario habitual se quedaba corto.
Lo más inquietante no es solo el número global, sino el mapa. Al comparar incendios con emisiones de origen humano, el estudio sugiere que, aunque la actividad humana sea mayor en general, ambos pueden liberar cantidades equivalentes de esos compuestos intermedios y semivolátiles en ciertos contextos. Además, aparecen focos donde fuego y emisiones humanas conviven y se superponen, como Asia ecuatorial, el África del hemisferio norte y el sudeste asiático, lugares donde el aire ya parte con desventaja.
El punto crítico es lo que esto todavía no resuelve. Medir incendios es difícil, y medir bien esa fracción “intermedia” lo es aún más: depende del tipo de combustible, de cómo arde, de la humedad, de la temperatura y de cuánto se parece el mundo real a los ensayos de laboratorio. Subir el inventario no significa que ya sepamos exactamente cuánta contaminación respira cada ciudad, sino que estábamos usando un presupuesto incompleto para hacer las cuentas.
Y hay otra implicación práctica: si las quemas prescritas también entran en esta revisión, no basta con el debate binario de “incendios naturales vs. incendios evitables”. Habrá que afinar cuándo, cómo y dónde se quema, y qué controles se ponen cuando el objetivo es prevenir megaincendios sin disparar episodios de mala calidad del aire. La pregunta abierta es incómoda pero necesaria: si la contaminación real era mayor de lo que creíamos, ¿cuántas decisiones de salud pública y de gestión del territorio se han tomado con un termómetro mal calibrado?
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