Cuando Olga Filatova comenzó sus campañas de campo en el año 2000, ver una ballena jorobada era casi un milagro. Podían pasar semanas sin rastro de una sola. Hoy, en esas mismas aguas del Pacífico Norte, los avistamientos son diarios. El cambio es tan drástico que cuesta dimensionarlo: la población global, que llegó a caer a unos 10.000 individuos, ronda ahora las 80.000 según estimaciones conservadoras.
La recuperación suele atribuirse a la prohibición de la caza comercial en 1986. Es cierto que ese veto fue decisivo, pero no explica por completo la velocidad a la que las jorobadas han logrado volver. Otras especies protegidas siguen en declive, y eso ha llevado a los investigadores a fijarse en un rasgo que distingue claramente a las jorobadas: su flexibilidad ecológica.
A diferencia de otros rorcuales, no dependen de una sola presa ni de una estrategia fija de caza. En el estrecho de Senyavin, en el extremo oriental de Rusia, Filatova y su equipo observaron un comportamiento revelador entre 2017 y 2021. Un verano, un grupo de unas cien ballenas se alimentaba de bacalao polar. Al año siguiente, el bacalao desapareció, pero ellas permanecieron en la zona y cambiaron al kril sin problemas. Permanecer en un área, aunque cambie la disponibilidad de alimento, les ahorra energía y les permite mantener un ciclo estable de alimentación.
Ese pragmatismo encaja con lo que ya se sabía de su estilo de vida. Las jorobadas no son rápidas ni maniobrables, así que se apoyan en ingenio más que en fuerza. Una técnica curiosa, conocida como “alimentación por trampa”, consiste en flotar con la boca abierta mientras las gaviotas persiguen peces en superficie. En el caos, los peces buscan refugio y nadan directamente hacia el interior de la ballena. Resultado: un banquete con un gasto energético mínimo.
El calentamiento del Ártico también está jugando un papel inesperado. A medida que se derrite el hielo marino, se abren rutas y zonas de alimentación que antes eran inaccesibles. Cada vez hay más avistamientos en áreas del Ártico donde nunca se habían visto jorobadas. Su migración anual entre mares tropicales y polares les permite ocupar estos espacios con rapidez y aprovechar la abundancia estacional.
Comprender qué comen exactamente requiere herramientas menos visibles que un avistamiento. En este estudio, los investigadores analizaron isótopos estables en muestras de piel. La proporción del nitrógeno 15N revela si las ballenas han estado alimentándose principalmente de peces o de kril. Es un método silencioso pero preciso que ha confirmado su capacidad para ajustar la dieta en función de las condiciones locales.
El éxito de las jorobadas no debe ocultar que otras especies lo tienen mucho más difícil. La ballena de Groenlandia, el narval o la beluga, todas dependientes del hielo ártico, están en una situación más vulnerable. Las jorobadas, en cambio, parecen estar aprovechando una mezcla de factores biológicos y ambientales que juegan a su favor.
Hoy, su recuperación es una de las pruebas más claras de que la conservación funciona cuando se actúa a tiempo. Es también un recordatorio de que algunas especies no solo sobreviven a la presión humana y al cambio del océano: encuentran maneras inesperadas de prosperar cuando el entorno les da una segunda oportunidad.
Fuente: Syddansk Universitet