Durante años, los científicos han sabido que la superficie del mar está llena de microplásticos, pero una pregunta seguía abierta: ¿dónde termina el resto? La mayor parte de estas partículas no flota, no se ve y no aparece en los mapas de contaminación superficial. Ahora, un nuevo estudio aporta una pista decisiva sobre cómo y dónde podrían estar acumulándose bajo la superficie del océano.
La investigación, realizada por el Instituto Oceanográfico Woods Hole y publicada en Chaos, propone una teoría que explica cómo los microplásticos terminan atrapados en remolinos oceánicos tridimensionales. Estos grandes giros, presentes en todos los océanos del planeta, pueden funcionar como imanes invisibles que arrastran las partículas hacia zonas muy concretas del agua.
Para comprobarlo, los investigadores recrearon un remolino oceánico idealizado en un experimento clásico: un cilindro lleno de agua girando a distintas velocidades entre su base y su tapa. Cuando inclinaron ligeramente la tapa, el flujo del agua cambió y aparecieron trayectorias complejas, en espiral, que recuerdan a los movimientos reales del océano.
En ese entorno, las partículas pequeñas y ligeramente flotantes no se distribuían al azar. En lugar de eso, acababan acumulándose en estructuras tubulares muy finas: auténticos “atractores” donde quedaban atrapadas siguiendo un movimiento circular continuo. Cada uno de estos atractores forma un bucle cerrado, como si fueran túneles invisibles dentro del flujo.
La clave está en que los microplásticos no se comportan exactamente igual que el agua que los rodea. Aunque siguen el movimiento general del fluido, su tamaño y su pequeña inercia les hace desviarse lentamente de la corriente ideal. Esa desviación, repetida una y otra vez, termina guiándolos hacia zonas donde el flujo es estable y cerrado.
Según el equipo, estas estructuras podrían existir también en remolinos reales de cientos de kilómetros. Si esto se confirma, significaría que los microplásticos que no se encuentran en superficie podrían estar concentrándose silenciosamente en capas subsuperficiales, en zonas muy localizadas y difíciles de detectar con métodos de muestreo tradicionales.
El hallazgo no solo ayuda a explicar el “plástico perdido” del océano, sino que también ofrece una hoja de ruta para buscarlo. Identificar dónde se forman estos atractores permitiría diseñar campañas de muestreo más precisas, enfocadas en puntos donde la acumulación es más probable.
Los investigadores advierten, sin embargo, que el fenómeno real es más complejo. La turbulencia, el viento, la forma irregular de las partículas y la mezcla vertical del océano pueden alterar estos patrones. Aun así, consideran que esta teoría es un paso importante hacia una comprensión más completa del comportamiento del plástico en el mar.
El siguiente reto será aplicar estos modelos a datos reales del océano y comprobar si esas estructuras ocultas pueden detectarse mediante instrumentos en profundidad. Si lo logran, la ciencia tendrá una herramienta clave para trazar el mapa invisible de los microplásticos del planeta.
Fuente: AIP Publishing