Cómo el uranio de la minería termina en el cuerpo de los niños que viven cerca de minas de oro
Un estudio en Sudáfrica encontró uranio acumulado en el cabello de niños que viven cerca de antiguos vertederos mineros, evidenciando cómo los residuos de la extracción de oro terminan entrando en el cuerpo humano.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
Durante más de un siglo, la minería de oro en la cuenca de Witwatersrand, alrededor de Johannesburgo, removió millones de toneladas de roca en busca de metal precioso. El problema es que esa roca no solo contenía oro: también arrastraba metales tóxicos como plomo, arsénico y uranio. Tras el procesamiento, los restos se acumularon en enormes montañas de relaves que hoy siguen allí, muchas veces pegadas a barrios densamente poblados.
Para quienes viven cerca, el polvo no es una excepción, sino parte del paisaje diario. En la estación seca, el viento levanta partículas finas que viajan por calles, patios y casas. Ese polvo puede depositarse en el suelo, mezclarse con el agua o terminar en los alimentos cultivados en la zona. Con el tiempo, la exposición deja de ser puntual y se vuelve constante.
Un equipo internacional de investigadores quiso medir hasta qué punto esa contaminación ambiental se refleja en el cuerpo de las personas, especialmente en los niños. Para ello analizaron más de 400 muestras de cabello de menores que viven cerca de vertederos mineros y las compararon con muestras de niños de regiones donde nunca hubo minería de oro. El cabello funciona como una especie de archivo biológico: a diferencia de la sangre, que solo muestra exposiciones recientes, conserva durante meses o años las sustancias que el organismo ha absorbido.
Tras limpiar las muestras para eliminar polvo superficial y aplicar técnicas de laboratorio de alta precisión, los resultados mostraron un patrón claro. Los niños que residen en zonas mineras presentaban, en promedio, concentraciones más altas de uranio en el cabello que los de áreas de referencia. No se trataba de casos aislados, sino de una diferencia sistemática asociada al lugar donde viven.
El estudio también detectó que la edad y el sexo influyen en los niveles medidos, lo que sugiere que la exposición no es uniforme y depende de hábitos cotidianos, tiempo al aire libre o condiciones de vivienda. Aun así, el factor dominante seguía siendo la proximidad a los relaves: cuanto más cerca del vertedero, mayor probabilidad de acumular trazas del metal.
Los investigadores son cautos al interpretar estos datos. Encontrar uranio en el cabello no equivale automáticamente a una enfermedad concreta ni permite diagnosticar efectos inmediatos en la salud individual. Para eso harían falta estudios médicos de largo plazo. Pero sí confirma algo más básico y preocupante: el uranio liberado por la minería no se queda en el suelo, circula por el entorno y acaba entrando en el cuerpo humano.
Eso convierte el problema en algo más amplio que una cuestión ambiental. No es solo paisaje degradado o polvo molesto, sino exposición cotidiana a metales pesados en comunidades que llevan décadas conviviendo con residuos industriales heredados del pasado. En muchos casos, estas poblaciones no eligieron vivir junto a esos depósitos: las ciudades crecieron alrededor de ellos.
El trabajo refuerza la necesidad de medidas prácticas como el control del polvo, la restauración de suelos contaminados y el seguimiento continuo de la salud pública. También deja una lección incómoda: la minería puede terminar mucho antes de que sus efectos desaparezcan. Los relaves siguen activos años después, moviéndose con el viento y el agua, recordando que la contaminación no entiende de calendarios.
Más que una alarma inmediata, el estudio funciona como evidencia tangible de un proceso silencioso: cómo residuos generados hace décadas todavía moldean la vida diaria de quienes viven alrededor. Y cómo algo tan simple como un mechón de cabello puede revelar la huella persistente de la actividad humana en el ambiente.
Fuente: HZDR
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