No todos los días internet participa en el bautizo de una especie nueva. Esta vez no fue una encuesta trivial ni un juego de redes sociales, sino un paso real dentro de la ciencia. Más de 8.000 personas propusieron nombres para un pequeño habitante de las profundidades marinas, y los investigadores terminaron eligiendo uno que resume bien el experimento: Ferreiraella populi, “del pueblo”.
La iniciativa surgió de la Alianza de Especies Oceánicas de Senckenberg, un programa del instituto alemán Instituto de Investigación Senckenberg y Museo de Historia Natural de Fráncfort, en colaboración con la editorial científica Pensoft Publishers y el divulgador Ze Frank, conocido por su serie de videos de naturaleza con humor. Tras presentar al extraño molusco en su canal, invitaron al público a proponer un nombre científico y una breve justificación. En apenas una semana llegaron miles de sugerencias.
El equipo responsable de describir la especie seleccionó populi, una palabra latina que alude a la participación colectiva. Curiosamente, fue una propuesta repetida de forma independiente por varios participantes. El gesto no es solo simbólico: el nombre quedó registrado en la descripción formal publicada en la revista científica Biodiversity Data Journal, lo que lo convierte en oficial dentro de la taxonomía.
Más allá de la anécdota digital, el animal tiene su propia historia. Fue hallado en 2024 en la fosa de Izu-Ogasawara, a unos 5.500 metros de profundidad. Pertenece a un grupo raro de quitones, moluscos que viven exclusivamente sobre madera hundida en el fondo del mar. Ese detalle no es menor: los restos de árboles que llegan a las grandes profundidades funcionan como pequeños oasis, capaces de sostener comunidades muy especializadas que apenas han sido estudiadas.
Los quitones suelen describirse como una mezcla entre caracol y escarabajo. En lugar de una sola concha, tienen ocho placas superpuestas que les permiten adaptarse a superficies irregulares o enrollarse para protegerse. En este caso, además, el animal cuenta con una rádula —una especie de lengua áspera— reforzada con hierro, y convive con pequeños gusanos que aprovechan sus restos orgánicos.
El descubrimiento aporta una pieza más a un rompecabezas enorme: la biodiversidad de las profundidades marinas. Gran parte de esas especies ni siquiera ha sido catalogada, y muchas podrían desaparecer antes de que la ciencia llegue a describirlas. Por eso, acortar el tiempo entre el hallazgo y la publicación del nombre es clave para su conservación.
El proceso también rompe una barrera habitual entre laboratorio y público. Nombrar una especie solía ser una decisión cerrada, casi invisible. Aquí, en cambio, miles de personas participaron de un gesto que normalmente queda reservado a especialistas. El resultado es una mezcla poco común de ciencia formal y cultura de internet.
En un ecosistema tan lejano y oscuro como el fondo del océano, puede parecer un detalle menor. Pero que un animal descubierto a más de cinco kilómetros bajo el agua lleve un nombre elegido colectivamente recuerda algo simple: explorar la biodiversidad no es solo tarea de científicos, también puede ser una conversación abierta con la sociedad.
Fuente: Biodiversity Data Journal