Una bacteria aislada en la cueva de hielo de Scarisoara, en Rumanía, ha demostrado que las bacterias congeladas durante milenios pueden albergar resistencia a antibióticos que hoy se utilizan en la práctica clínica. La cepa, identificada como Psychrobacter SC65A.3, no solo resistió varios fármacos modernos, sino que además porta más de 100 genes de resistencia, un dato que conecta el pasado microbiano con la actual crisis de resistencia bacteriana.
El equipo perforó un núcleo de hielo en el Gran Salón de la Cueva de hielo de Scarisoara, una cavidad que conserva capas formadas a lo largo de miles de años. Las muestras, datadas en torno a 5.000 años, se extrajeron bajo condiciones estériles para evitar contaminación. En el laboratorio aislaron distintas bacterias y analizaron su genoma, es decir, el conjunto completo de su material genético, para identificar los genes relacionados con la supervivencia en frío y con la resistencia a antimicrobianos.
Psychrobacter es un género adaptado a ambientes helados. Aunque algunas especies pueden causar infecciones en humanos o animales, su comportamiento frente a antibióticos no estaba bien documentado. En el caso de la cepa SC65A.3, los investigadores evaluaron su respuesta frente a 28 antibióticos de uso habitual o reservado para infecciones graves. La bacteria mostró resistencia a 10 de ellos, incluidos rifampicina, vancomicina y ciprofloxacina, empleados en el tratamiento de enfermedades como tuberculosis o infecciones urinarias.
El hallazgo no implica que la bacteria haya estado expuesta a estos medicamentos modernos. La resistencia es un fenómeno natural que existía antes del desarrollo de los antibióticos clínicos. En la naturaleza, los microorganismos compiten entre sí y producen sustancias para inhibir a otros, lo que favorece la aparición de mecanismos defensivos. Encontrar más de 100 genes asociados a resistencia indica que esta cepa dispone de múltiples estrategias para neutralizar o evadir distintos compuestos antimicrobianos.
El estudio, publicado en Frontiers, plantea un doble enfoque. Por un lado, el deshielo progresivo podría liberar microorganismos antiguos o, al menos, sus genes, que podrían transferirse a bacterias actuales mediante intercambio de ADN. Ese escenario añadiría complejidad a un problema de salud pública que ya es grave. Por otro lado, la misma cepa produce enzimas y compuestos con potencial biotecnológico, incluso con capacidad para inhibir otras bacterias resistentes.
La investigación sugiere que los ambientes extremos funcionan como reservorios naturales de genes antimicrobianos. Comprender cómo evolucionaron y se conservaron en el hielo ayuda a contextualizar la resistencia bacteriana actual y abre la puerta a explorar nuevas estrategias terapéuticas sin caer en alarmismos.
Fuente: Frontiers