Hasta ahora, la pérdida de agua en Marte se atribuía casi exclusivamente a grandes tormentas globales capaces de envolver el planeta entero durante semanas. Los episodios regionales apenas se consideraban relevantes, lo que dejaba fuera del debate procesos más pequeños pero potencialmente constantes.
Las pruebas geológicas refuerzan esa duda. Valles secos, deltas sedimentarios y minerales alterados por el agua indican que el planeta rojo albergó ríos y lagos estables durante largos periodos, no simples episodios breves o accidentales.
La cuestión que obsesiona a los científicos ya no es demostrar que hubo agua líquida, algo casi asumido, sino entender qué proceso permitió que desapareciera de forma tan drástica hasta convertir a Marte en un mundo árido y frágil.
Un estudio internacional liderado por la Universidad de Tohoku decidió apartarse de las grandes tormentas globales que suelen monopolizar la atención y centrarse en eventos más discretos, tormentas regionales que parecían secundarias pero que podrían estar alterando la atmósfera mucho más de lo previsto por los modelos climáticos tradicionales.
Al analizar una de estas tormentas, registrada durante el verano del hemisferio norte marciano, los investigadores observaron que el polvo calentaba determinadas capas y facilitaba que el vapor de agua ascendiera con mayor rapidez, alcanzando altitudes donde normalmente apenas llega y donde la atmósfera ofrece muy poca protección.
Ese ascenso resulta crucial, porque a mayor altura la radiación solar golpea con más intensidad y rompe las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno, iniciando un proceso silencioso de pérdida que no se percibe desde la superficie pero que vacía el planeta poco a poco.
Para seguir el fenómeno con detalle, el equipo combinó imágenes del Telescopio Espacial Hubble con mediciones de varios orbitadores activos, cruzando datos hasta reconstruir el recorrido del vapor desde niveles medios hasta la exobase, la frontera donde la atmósfera prácticamente se diluye en el vacío del espacio.
Las cifras sorprendieron incluso a los propios investigadores, ya que la cantidad de agua en altura llegó a multiplicarse por diez frente a los valores habituales, algo que no se había observado en temporadas anteriores ni estaba previsto por los modelos teóricos.
Poco después, los sensores registraron un aumento claro de hidrógeno escapando hacia el espacio, una señal directa de que parte de esa agua se estaba perdiendo en tiempo real y no solo a escala de millones de años, como se pensaba hasta ahora.
Sumados durante millones de años, estos episodios breves pero repetidos podrían haber funcionado como una fuga constante, suficiente para vaciar océanos y lagos antiguos sin necesidad de un único desastre global, ayudando a explicar cómo aquel Marte húmedo terminó convertido en el desierto frío y polvoriento que hoy observamos desde la órbita.
Fuente: Universidad de Tohoku