Un nuevo análisis realizado por el Complexity Science Hub y el Banco Mundial advierte que la forma en que crecen las ciudades determinará si cientos de millones de personas tendrán acceso a algo tan básico como agua potable y saneamiento dentro de apenas 25 años. El estudio, basado en datos de más de 100 ciudades de Asia, África y América Latina, muestra un patrón contundente: cuando las ciudades se expanden hacia afuera sin planificación, el acceso al agua se desploma, los costos aumentan y las desigualdades se intensifican.
El trabajo examinó 183 millones de edificios cartografiados y más de 125.000 encuestas de hogares, permitiendo modelar cómo distintos patrones de crecimiento urbano modifican la infraestructura y la capacidad de los sistemas de suministro. El resultado es inquietante. Si las ciudades continúan creciendo de forma horizontal, alejando cada vez más a las personas del centro urbano, 220 millones menos tendrían acceso a agua potable en 2050, y 190 millones menos podrían conectarse a sistemas de alcantarillado.
Los investigadores señalan que no se trata solo de una tendencia preocupante, sino de un fenómeno que ya afecta a ciudades como Nueva Delhi, El Cairo, Lagos o Bogotá. En áreas muy dispersas, el acceso al agua potable se reduce hasta un 50 %, mientras que las facturas pueden ser un 75 % más altas que en zonas compactas. A mayor distancia del núcleo urbano, peor es la disponibilidad de infraestructura crítica y más costoso resulta suministrar agua.
La expansión descontrolada crea una especie de “sed urbana”: barrios que crecen rápido pero sin los servicios esenciales. La distancia importa, y mucho. En las zonas periféricas, donde la población se dispersa sobre terrenos extensos, llevar tuberías, mantenimiento, bombeo y drenaje exige inversiones desproporcionadas que los gobiernos no siempre pueden afrontar. Esa brecha se refleja en la práctica: muchos hogares quedan excluidos de un servicio que debería ser universal.
El estudio también destaca diferencias regionales clave. África será la región más afectada, ya que su población urbana se triplicará para 2050. Además, las ciudades africanas ya presentan más expansión que las asiáticas: apenas el 12 % de sus habitantes vive en zonas centrales, frente al 23 % en Asia. Si estas tendencias continúan, los servicios básicos serán más difíciles de garantizar, incluso en ciudades donde hoy existen recursos para mejorar su infraestructura.
Los investigadores modelaron tres escenarios de crecimiento urbano: uno compacto, uno persistente y uno horizontal. El compacto —viviendas más densas, menos vacíos urbanos y un crecimiento más cercano al centro— es el único que mejora de forma significativa el acceso al agua y al saneamiento, sin requerir grandes inversiones adicionales. La clave no está en gastar más, sino en crecer mejor. La ubicación de las nuevas construcciones determina si los servicios pueden llegar o no a las comunidades.
Aun así, el estudio no plantea la densificación como una solución mágica. Barrios muy densos pero sin planificación —como Kibera en Nairobi, Rocinha en Río de Janeiro o zonas de Iztapalapa en Ciudad de México— siguen estando desatendidos. La diferencia es que la expansión horizontal hace aún más difícil revertir esa falta de servicios, pues estira la ciudad y multiplica los costes.
Para Rafael Prieto-Curiel, autor principal del estudio, el mensaje es claro: la forma urbana es una herramienta de política pública tan importante como las infraestructuras en sí. Un diseño urbano eficiente permite preservar recursos, abaratar servicios y asegurar que los sistemas de agua lleguen donde deben. Si las ciudades continúan expandiéndose sin control, millones de personas quedarán fuera de la red básica de agua y saneamiento para 2050.
El reto está servido. Con poblaciones en crecimiento acelerado, especialmente en Asia y África, los próximos años serán decisivos para definir si las ciudades del futuro serán más habitables o más vulnerables. El acceso al agua potable no es solo un servicio: es un indicador directo de justicia urbana, salud pública y resiliencia climática. Detener el crecimiento caótico y apostar por ciudades compactas podría ser la diferencia entre garantizar derechos básicos o perpetuar desigualdades que afectarán a generaciones enteras.
Fuente: Nature