El hemisferio sur arranca 2026 con temperaturas récord e incendios fuera de control
Temperaturas cercanas a 50 °C, bosques ardiendo y ciudades evacuadas: de la Patagonia a Australia y Sudáfrica, el hemisferio sur arranca 2026 bajo un verano más violento de lo habitual.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
5 min lectura
El año apenas comienza y amplias zonas del hemisferio sur ya están viviendo un verano que parece sacado de un escenario extremo. Temperaturas récord, bosques ardiendo durante días y comunidades evacuadas dibujan un mismo patrón que se repite desde la Patagonia hasta Australia y Sudáfrica. No se trata de episodios aislados, sino de una señal más de cómo el calor persistente está empujando a los incendios forestales a un terreno cada vez más difícil de controlar.
En las últimas semanas, varias regiones registraron valores que hace unos años habrían parecido excepcionales. En Australia, una cúpula de calor elevó los termómetros hasta rozar los 50 °C. En el sur de América, el fuego avanzó por áreas remotas de la Patagonia argentina y también alcanzó zonas pobladas de Chile, donde murieron al menos 21 personas en comunidades costeras. Sudáfrica, por su parte, atraviesa su peor temporada de incendios en años, con daños a la vida silvestre y a destinos turísticos.
Lo llamativo es que estos extremos se producen bajo la influencia de un fenómeno de La Niña débil, que en teoría debería tener un efecto moderador y enfriar ligeramente las temperaturas globales. Para varios científicos, que el calor alcance récords incluso con ese “freno” natural indica algo claro: el calentamiento provocado por la actividad humana está pesando más que la variabilidad climática habitual.
Las previsiones no invitan al optimismo. Algunos especialistas estiman que este año podría situarse en torno a 1,46 °C por encima de los niveles preindustriales, lo que lo colocaría entre los más cálidos de la historia reciente. Sería, además, el cuarto año consecutivo con temperaturas muy por encima de lo que se consideraba el límite de seguridad marcado por el Acuerdo de París.
Ese contexto ayuda a entender por qué los incendios se comportan de forma distinta. El fuego forma parte de muchos ecosistemas y, en condiciones normales, puede incluso cumplir una función natural. El problema surge cuando se combinan sequías prolongadas, calor intenso y vientos fuertes. Entonces, lo que antes era un incendio manejable se convierte en un frente que avanza kilómetros en cuestión de horas.
Un ejemplo ocurrió en el Parque Nacional Los Alerces, en Argentina, un área protegida que alberga árboles milenarios. Según las autoridades, el fuego comenzó por un rayo. Al principio parecía contenido, pero una ola de calor y ráfagas intensas lo hicieron avanzar unos 20 kilómetros en un solo día. La región arrastra años de sequía, y las temperaturas de enero estuvieron muy por encima de lo habitual, lo que dejó la vegetación seca como combustible listo para arder.
En Chile tras los incendios que dejaron al menos 18 muertos, la historia se repitió con consecuencias más directas para la población. Los incendios bajaron de las colinas hacia zonas urbanas y costeras, destruyendo cientos de viviendas. Muchos vecinos tuvieron poco tiempo para evacuar. Los vientos, cercanos a 70 kilómetros por hora, crearon remolinos de fuego que saltaron carreteras y barreras naturales. En esos escenarios, los expertos admiten que frenar las llamas es casi imposible y la prioridad pasa a ser salvar vidas.
Australia también revive recuerdos recientes. Tras la devastadora temporada de 2019-2020, el país vuelve a enfrentarse a incendios alimentados por calor extremo y sequedad prolongada. En Sudáfrica, las autoridades hablan de la peor campaña en una década. El impacto no es solo ambiental: también golpea a economías locales que dependen del turismo y la agricultura.
El calentamiento del hemisferio sur ha sido históricamente más lento que el del norte, en parte por la influencia de sus grandes océanos. Sin embargo, las zonas terrestres ya se están calentando a un ritmo similar. Esa diferencia entre tierra muy caliente y aguas más frías puede intensificar los patrones meteorológicos, favoreciendo olas de calor más largas o lluvias concentradas en poco tiempo.
El resultado es un círculo complicado. Más calor seca la vegetación, la sequía facilita incendios más grandes y estos, a su vez, liberan grandes cantidades de carbono a la atmósfera. Al mismo tiempo, las pérdidas económicas crecen. Informes recientes de aseguradoras apuntan a que los daños por incendios forestales se han disparado en los últimos años, muy por encima de los promedios históricos.
Frente a este panorama, los científicos insisten en dos frentes. Por un lado, mejorar la adaptación: gestionar mejor la vegetación cerca de ciudades, planificar evacuaciones y construir con materiales más resistentes al fuego. Por otro, abordar la raíz del problema: reducir las emisiones que están calentando el planeta.
El mensaje no es abstracto. Lo que ocurre en estos veranos australes muestra que el cambio climático no es una proyección futura, sino una realidad que ya condiciona cómo y dónde se puede vivir con seguridad. Y si las tendencias actuales continúan, temporadas como esta podrían dejar de ser la excepción para convertirse en la nueva norma.
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