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El planeta se acerca a límites climáticos que podrían alterar su equilibrio de forma irreversible

El calentamiento no solo eleva la temperatura: varios sistemas clave del planeta, como hielos, bosques y océanos, se acercan a límites que podrían cambiar el clima de forma duradera.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Paisaje helado en Allan Hills, Antártida
Vista de Allan Hills en la Antártida. Crédito: Foto de Austin Carter, COLDEX.

El clima de la Tierra no solo se está calentando. Cada año se baten récords de temperatura y los fenómenos extremos se vuelven más frecuentes. Pero el problema podría ser más profundo que un simple aumento del termómetro: varios científicos advierten que el planeta se está acercando a límites críticos que podrían alterar su equilibrio de forma duradera y difícil de revertir.

Un nuevo análisis científico advierte que varios componentes clave del planeta, desde los hielos polares hasta grandes bosques tropicales, parecen más frágiles de lo que se pensaba. Si cruzan ciertos límites, podrían activarse reacciones en cadena difíciles de detener, empujando al mundo hacia un escenario de calentamiento extremo que los investigadores describen como una “Tierra invernadero”.

El estudio, liderado por Universidad Estatal de Oregón y publicado en la revista One Earth, revisa décadas de datos sobre retroalimentaciones climáticas y lo que los científicos llaman “elementos de inflexión”. Son partes del sistema terrestre que pueden perder estabilidad de forma abrupta si la temperatura supera ciertos umbrales.

Durante los últimos 11.000 años, el clima del planeta fue relativamente estable. Esa estabilidad permitió el desarrollo de la agricultura y de las sociedades modernas. Pero los autores sostienen que ese equilibrio podría estar debilitándose. El calentamiento actual no solo eleva el termómetro, también altera procesos internos que hasta ahora mantenían el sistema bajo control.

Entre los puntos sensibles figuran las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, los glaciares de montaña, el permafrost del norte, la selva amazónica y la gran circulación oceánica del Atlántico, conocida como AMOC. Todos cumplen funciones clave en la regulación del clima global. Si uno falla, puede afectar a los demás.

La preocupación no es teórica. Casi diez años después del Acuerdo de París, las temperaturas medias del planeta superaron durante doce meses consecutivos el umbral de 1,5 °C respecto a la era preindustrial. Ese período coincidió con incendios más intensos, inundaciones y fenómenos extremos cada vez más frecuentes. Según los investigadores, ese dato sugiere que el calentamiento de fondo ya se acerca peligrosamente a los límites que se pretendían evitar.

A ello se suma otro indicador: la concentración de dióxido de carbono. Con más de 420 partes por millón, el CO₂ atmosférico es aproximadamente un 50 % superior al de antes de la Revolución Industrial, un nivel que no se veía desde hace millones de años.

El problema es que el sistema climático no responde de forma lineal. Cuando cambia una pieza, otras reaccionan. Si el hielo se derrite, la superficie refleja menos luz solar y absorbe más calor, lo que acelera el calentamiento. Si el permafrost se descongela, libera gases atrapados que refuerzan el efecto invernadero. Si los bosques mueren o arden, dejan de capturar carbono. Cada uno de estos procesos actúa como un amplificador.

Los autores temen que, si varios de estos mecanismos se activan al mismo tiempo, el planeta entre en una dinámica difícil de revertir incluso con recortes profundos de emisiones. No sería un salto instantáneo, sino una cascada lenta pero persistente, con aumentos del nivel del mar, cambios en los patrones de lluvia y alteraciones de ecosistemas enteros.

Un ejemplo ilustra esa interconexión. El deshielo de Groenlandia puede debilitar la circulación atlántica, que a su vez influye en las lluvias tropicales. Eso podría afectar a la Amazonia, favoreciendo su degradación. Si la selva pierde cobertura, libera más carbono y el ciclo se retroalimenta.

Por eso los investigadores insisten en que la falta de cambios visibles no debe confundirse con seguridad. Un sistema puede parecer estable y, al mismo tiempo, estar perdiendo capacidad de recuperación. Cuando esa resiliencia desaparece, cualquier perturbación tiene efectos más duraderos.

El mensaje central no es fatalista, pero sí urgente. Las energías renovables, la protección de ecosistemas que almacenan carbono y la reducción gradual de los combustibles fósiles siguen siendo herramientas esenciales. También proponen mejorar la vigilancia de estos puntos críticos y planificar mejor los riesgos.

La advertencia es sencilla: cuanto más se retrase la acción, menos margen habrá. Evitar una trayectoria de calentamiento descontrolado es complejo, pero mucho más factible que intentar revertirla una vez que el sistema ya haya cruzado ciertos límites.

El clima estable que permitió florecer a la civilización moderna no está garantizado. Mantenerlo dependerá de decisiones que se tomen ahora, no dentro de décadas.

Fuente: Oregon State University

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