El mundo se está electrificando a una velocidad que hace una década parecía improbable. Coches, fábricas, centros de datos, sistemas de climatización. Cada vez más actividades dependen de un enchufe. Ese cambio, que promete reducir emisiones y modernizar la economía, trae consigo una consecuencia directa: el consumo de electricidad se dispara.
Las previsiones apuntan a un aumento medio superior al 3,5% anual hasta 2030. Ese crecimiento cambia el foco del debate: no basta con producir más electricidad, también hay que reforzar las redes que deben transportarla.
Según el estudio, el consumo de electricidad aumentará al menos dos veces y media más rápido que la demanda energética total. La explicación está en varios frentes. La industria usa más procesos eléctricos, los vehículos eléctricos ganan terreno, el aire acondicionado se expande en regiones cada vez más cálidas y los centros de datos —impulsados por la inteligencia artificial— requieren enormes cantidades de energía constante.
Hasta ahora, el crecimiento se concentraba sobre todo en economías emergentes, pero el informe detecta un giro: los países desarrollados también vuelven a consumir más electricidad tras 15 años de estancamiento. Ese repunte aporta cerca de una quinta parte del aumento global previsto.
En paralelo, la forma de producir esa electricidad también está cambiando. Las renovables, especialmente la solar fotovoltaica, avanzan con fuerza y ya prácticamente han alcanzado al carbón en generación. La energía nuclear, por su parte, ha marcado nuevos récords de producción. Si se cumplen las previsiones, renovables y nuclear aportarán juntas la mitad de la electricidad mundial hacia el final de la década, frente al 42% actual.
El gas natural también crecerá, sobre todo en mercados como Estados Unidos y Oriente Medio, mientras el carbón pierde peso a escala global. Con este nuevo equilibrio, las emisiones de CO₂ del sector eléctrico se mantendrían estables en los próximos años, en lugar de seguir aumentando.
Pero el informe subraya que producir energía más limpia no es suficiente, el problema está en cómo se transporta y gestiona. Las redes actuales no siempre están preparadas para integrar grandes volúmenes de generación variable, como el sol o el viento, ni para conectar nuevos proyectos con rapidez.
Hoy, más de 2.500 gigavatios en instalaciones renovables, almacenamiento o grandes consumidores —como centros de datos— esperan turno para conectarse a la red. Es energía que podría estar disponible, pero queda atrapada en trámites o limitaciones técnicas.
La AIE calcula que acelerar la expansión de las redes, modernizarlas con nuevas tecnologías y reformar la regulación permitiría integrar hasta 1.600 gigavatios de esos proyectos en el corto plazo. En otras palabras, mejorar los cables y subestaciones puede ser tan importante como construir más plantas solares.
También gana peso la flexibilidad. Las baterías a gran escala ya están creciendo en mercados como California, Alemania, Texas, Australia Meridional o el Reino Unido. Estos sistemas ayudan a almacenar electricidad cuando sobra y liberarla cuando falta, suavizando los altibajos del sistema.
A todo esto se suma otra preocupación: el precio. En muchos países, la factura eléctrica de los hogares ha subido más rápido que los ingresos desde 2019, y la industria siente la misma presión. La transición, si no se gestiona bien, puede generar tensiones sociales y económicas.
Además, los sistemas eléctricos enfrentan nuevos riesgos: infraestructuras envejecidas, fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes y ciberamenazas. La seguridad y la resiliencia pasan a ser parte central del debate energético.
El mensaje de fondo es claro. La llamada “era de la electricidad” ya está aquí, pero no basta con instalar más renovables. Harán falta más inversión en redes, almacenamiento y gestión inteligente para que el sistema aguante el ritmo. Sin esa base, la energía limpia puede quedarse esperando en la puerta. Con ella, la electrificación puede convertirse en una oportunidad real para reducir emisiones y sostener el crecimiento.
Fuente: IEA