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China construye electricidad a ritmo récord y convierte la energía en su ventaja estratégica

Mientras el foco global está en chips e inteligencia artificial, China refuerza un frente más básico pero decisivo: construir electricidad a gran escala, una base energética que puede inclinar el liderazgo de la economía digital.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

5 min lectura

Central energética de gran escala en China con torres de refrigeración, reactores y complejos industriales

Durante años, la carrera tecnológica global se ha contado como una batalla por los semiconductores más avanzados, los algoritmos más potentes y los modelos de inteligencia artificial más sofisticados. Sin embargo, mientras ese debate acapara titulares, China ha estado reforzando algo mucho más básico y menos glamuroso: la capacidad de producir electricidad a una escala gigantesca.

Puede parecer un detalle técnico, casi aburrido frente al brillo de la IA. Pero sin energía constante y abundante no hay centros de datos, no hay fábricas automatizadas y no hay industria digital que aguante. Antes de pensar en entrenar modelos, hay que poder encenderlos.

Los números ayudan a dimensionar el movimiento. Solo en 2025, el país añadió más de 540 gigavatios de nueva capacidad eléctrica a su red. Esa cifra, por sí sola, supera la potencia total instalada de economías enteras como Alemania, Japón o India. Con ese empujón, el sistema chino ya ronda los 3.900 gigavatios, muy por encima del que mantiene Estados Unidos, que históricamente ha liderado la producción eléctrica mundial.

Torres de alta tensión y líneas eléctricas

Si se amplía la mirada más allá de un solo año, el contraste es aún mayor. En apenas cuatro años, China sumó más de 1.500 gigavatios adicionales, más de lo que hoy tiene Estados Unidos en toda su red. Es como si hubiera construido, en tiempo récord, otra infraestructura eléctrica del tamaño de una superpotencia.

Ese ritmo no responde únicamente a una transición verde ni a compromisos climáticos. Detrás hay una estrategia industrial muy clara: garantizar suministro estable, reducir la dependencia de importaciones energéticas y crear una ventaja estructural para sectores que consumen enormes volúmenes de electricidad, como la inteligencia artificial, la robótica, los centros de datos o la manufactura avanzada. En otras palabras, asegurar el “combustible” del siglo XXI.

Cada vez más analistas coinciden en que la energía se ha convertido en el límite real del avance tecnológico. La propia Agencia Internacional de la Energía viene advirtiendo de que la demanda eléctrica crecerá con fuerza esta década. Y las grandes empresas tecnológicas lo saben: entrenar modelos de IA o mantener nubes de servidores funcionando día y noche requiere cantidades de potencia difíciles de sostener si la red no está preparada.

No es casual que figuras del sector lo digan en voz alta. Elon Musk ha señalado que el límite para expandir la IA ya no son solo los chips, sino la energía disponible. Desde Nvidia, uno de los gigantes del hardware, también se ha apuntado que la base energética china le da una posición competitiva singular.

Instalación de una turbina eólica marina sobre una plataforma con grúas en un parque eólico offshore en China

La expansión, además, no se apoya en una sola tecnología. Buena parte del crecimiento viene de renovables. La solar y la eólica avanzan a un ritmo vertiginoso, con parques gigantescos levantados en zonas poco pobladas como el desierto del Gobi o amplias llanuras del norte. Son proyectos de una escala difícil de imaginar desde fuera, donde los paneles y turbinas se extienden hasta perderse en el horizonte.

Pero Pekín no se ha limitado a instalar placas y aerogeneradores. Las renovables son intermitentes: dependen del sol y del viento. Para sostener una economía industrial, se necesitan fuentes constantes. Por eso el país mantiene una fuerte presencia de carbón y gas, al tiempo que refuerza la nuclear y la hidroeléctrica. Es una mezcla pragmática: menos ideológica y más orientada a asegurar que la red nunca se quede corta.

Mover toda esa electricidad a lo largo de un territorio tan grande es otro desafío. Para resolverlo, China ha desarrollado líneas de corriente continua de ultra alta tensión, auténticas autopistas energéticas que transportan grandes volúmenes desde regiones remotas hasta ciudades industriales como Shanghái. A la vez, invierte en almacenamiento con baterías y sistemas de bombeo hidráulico para guardar la energía sobrante y usarla cuando la demanda sube.

Detalle de paneles solares fotovoltaicos

El resultado es una red que, en algunos momentos, incluso parece sobredimensionada frente al consumo actual. Sin embargo, para los planificadores chinos eso no es un problema, sino una oportunidad. Tener capacidad extra facilita atraer fábricas, centros de datos y nuevas industrias sin temor a apagones ni saturaciones en la red. Es, en cierto modo, una forma de decirle al mundo empresarial: aquí siempre habrá electricidad.

Nada de esto garantiza automáticamente el liderazgo tecnológico. Estados Unidos conserva ventajas claras en innovación, diseño de chips y ecosistemas de startups. Pero en una economía cada vez más electrificada, la infraestructura energética se convierte en el suelo sobre el que todo lo demás se construye.

La lección que deja este movimiento es simple y, a la vez, incómoda para muchos países: la carrera por el futuro no se gana solo con software ni con talento digital. También se gana con cables, centrales y transformadores. China parece haberlo entendido antes que nadie y ha decidido empezar por la base. Porque, al final, sin energía, no hay revolución tecnológica que funcione.

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