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Qué papel juega el gas en la transición energética y por qué genera tantas dudas

Durante años, el gas natural fue presentado como el aliado pragmático de la transición energética. Hoy, su papel genera cada vez más dudas entre la estabilidad del sistema, el impacto climático y la dependencia a largo plazo.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Central de gas

El respaldo técnico que mantiene estable el sistema

La red eléctrica no funciona con discursos ni con promesas a largo plazo, sino con equilibrios que deben mantenerse segundo a segundo. Cuando millones de hogares encienden luces o calefacciones al mismo tiempo, la producción tiene que responder al instante, independientemente de si hay viento o sol. Esa exigencia obliga a contar con tecnologías capaces de reaccionar con rapidez.

En ese terreno el gas sigue siendo difícil de sustituir. Las centrales de ciclo combinado pueden arrancar en pocos minutos, modular su potencia con precisión y cubrir caídas repentinas de generación renovable sin comprometer la estabilidad del sistema. Por eso muchos operadores lo consideran más una herramienta operativa que una elección ideológica, algo que simplemente garantiza que todo siga funcionando.

De combustible puente a dependencia estructural

A comienzos de siglo, sustituir carbón por gas parecía una mejora casi automática. Reducía la contaminación local, mejoraba la calidad del aire urbano y ofrecía una imagen de modernización sin exigir cambios profundos en la industria o en los hábitos de consumo. Para muchos gobiernos, era una transición cómoda y políticamente vendible.

El problema es que esa comodidad vino acompañada de inversiones gigantescas. Se construyeron gasoductos que cruzan fronteras, terminales de importación para recibir gas licuado y centrales nuevas diseñadas para operar durante décadas. Esa infraestructura creó empleos, contratos y compromisos financieros que hoy hacen mucho más difícil tratar al gas como algo temporal.

Renunciar a todo ese entramado no implica solo cerrar plantas, sino rehacer cadenas de suministro enteras y asumir costes económicos considerables. Por eso, aunque el discurso público hable de descarbonización acelerada, en la práctica muchos países siguen apoyándose en el gas más de lo que admiten.

El balance climático es mejor que el carbón, pero insuficiente

Comparado con el carbón, el gas emite menos dióxido de carbono por cada unidad de energía generada, y esa diferencia ayudó a justificar su expansión durante años. Sin embargo, esa ventaja relativa no debe confundirse con una solución limpia. Cada central de gas sigue liberando carbono a la atmósfera cada vez que entra en funcionamiento.

Además, la cadena de extracción y transporte arrastra fugas de metano, un gas con un impacto climático mucho más intenso en el corto plazo. Cuando se suman esas pérdidas invisibles, el beneficio ambiental se reduce y el gas queda en una posición incómoda: es menos dañino que el carbón, pero claramente incompatible con un escenario de emisiones cercanas a cero.

La dimensión geopolítica que complica cualquier decisión

El debate tampoco se limita al clima o a la tecnología. El gas depende de productores concretos y de rutas internacionales que atraviesan zonas políticamente sensibles, lo que introduce una dimensión estratégica difícil de ignorar. Cada contrato de suministro crea vínculos a largo plazo que pueden convertirse en vulnerabilidades cuando cambian las circunstancias.

Las crisis recientes demostraron que un corte o una subida brusca de precios puede afectar a industrias enteras y disparar la factura de millones de hogares en cuestión de semanas. En ese contexto, reducir la dependencia del gas no es solo una meta ambiental, sino también una forma de ganar autonomía y margen de maniobra frente a presiones externas.

Un apoyo necesario que complica el futuro energético

Mientras las renovables y el almacenamiento no puedan cubrir de forma estable toda la demanda, el sistema seguirá necesitando una fuente flexible que actúe como red de seguridad. Hoy ese papel lo cumple el gas porque ya está instalado, es relativamente barato y responde rápido a las necesidades de la red.

La incógnita es cuánto tiempo seguirá ocupando ese espacio. Puede servir como puente hacia un modelo más limpio o convertirse en una excusa para retrasar decisiones más profundas. De esa tensión nace buena parte de las dudas que rodean al gas en plena transición energética, atrapado entre lo que resuelve en el presente y lo que complica de cara al futuro.

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