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Aire líquido: la tecnología olvidada que tendrá su primera planta comercial en 2026 para almacenar energía renovable

Una planta en el noroeste de Inglaterra busca demostrar que el aire líquido puede almacenar excedentes renovables y liberarlos cuando falte sol o viento, con pérdidas reducidas y escala de red.

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Planta industrial de almacenamiento energético con tanques criogénicos y conexión a la red

A medida que la electricidad renovable gana terreno en todo el mundo, crece también un problema clave: qué hacer con la energía cuando sobra y cómo devolverla a la red cuando la producción cae. La intermitencia del sol y el viento obliga a reforzar el almacenamiento a escala de red para evitar picos, caídas de suministro y apagones. Resolver este punto es tan importante como generar energía limpia.

Durante décadas, la principal solución para almacenar energía fue el bombeo hidroeléctrico, y más recientemente las baterías de litio han ganado protagonismo gracias a su rapidez de respuesta. Sin embargo, ambas opciones tienen limitaciones cuando se piensa en almacenamiento masivo y de larga duración, especialmente a medida que aumenta la penetración de renovables en la red.

En ese contexto, una tecnología que llevaba casi medio siglo relegada está a punto de dar el salto comercial: el almacenamiento de energía mediante aire líquido. El concepto existe desde finales de los años setenta, pero solo en los últimos años ha empezado a recibir atención real, impulsado por la necesidad de soluciones capaces de almacenar grandes volúmenes de electricidad durante más tiempo.

La primera planta comercial de este tipo se construye cerca de Carrington, en el noroeste de Inglaterra, impulsada por la empresa Highview Power. El sistema utiliza excedentes de electricidad renovable para capturar aire del ambiente, limpiarlo, comprimirlo y enfriarlo hasta convertirlo en líquido, que se almacena en grandes tanques industriales.

Cuando la red necesita energía, el proceso se invierte: el aire líquido se extrae del almacenamiento, se evapora y vuelve a estado gaseoso. Esa expansión se aprovecha para mover turbinas que generan electricidad, antes de liberar el aire de nuevo a la atmósfera. De este modo, el sistema actúa como una batería a gran escala sin combustión ni emisiones directas.

La eficiencia del proceso depende en gran medida de la gestión del calor generado durante la compresión del aire. Si ese calor se recupera y se reutiliza dentro del ciclo, el rendimiento mejora de forma notable. En condiciones óptimas, los sistemas con recuperación térmica pueden superar el 60% de eficiencia y acercarse al 70%, cifras competitivas para almacenamiento energético de gran escala.

La planta británica está diseñada para entrar en funcionamiento por fases a partir de 2026 y contará con una capacidad de almacenamiento de unos 300 megavatios-hora. Sus promotores confían en que este tipo de instalaciones ayuden a estabilizar la red eléctrica y a facilitar la transición hacia un sistema energético dominado por fuentes renovables.

Si el proyecto cumple lo prometido, el aire líquido podría dejar de ser una tecnología ignorada para convertirse en una pieza habitual del nuevo mapa energético, complementando a las baterías y al bombeo hidroeléctrico en un sistema cada vez más dependiente del almacenamiento.

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