Escuchar una nave espacial que se encuentra más allá de los límites del sistema solar suena a ciencia ficción. Sin embargo, un grupo de radioaficionados europeos lo consiguió hace apenas unos días: detectaron la débil señal de la Voyager 1, el objeto fabricado por el ser humano que ha viajado más lejos en la historia.
La hazaña se logró el 1 de febrero con el histórico radiotelescopio de Radiotelescopio de Dwingeloo, una antena construida en Países Bajos en 1956. Desde allí, miembros de la sección alemana de AMSAT-DL, vinculada a la red internacional de radioaficionados AMSAT, lograron captar la portadora de radio que emite la sonda.
La distancia impresiona. Voyager 1 se encuentra hoy a unas 171 unidades astronómicas de la Tierra, más de 25.000 millones de kilómetros. Para hacerse una idea, eso es más de tres veces la distancia máxima a la que llega Plutón. A esa escala, cualquier señal se vuelve extremadamente tenue, casi imperceptible.
La nave fue lanzada por la NASA en 1977 con la misión de estudiar los gigantes gaseosos. Sus sobrevuelos de Júpiter y Saturno enviaron imágenes y datos que transformaron el conocimiento del sistema solar exterior. En 2012 cruzó la heliosfera y se convirtió en la primera sonda en entrar al espacio interestelar.
Desde entonces, sigue enviando información con un transmisor que hoy opera al límite. La potencia que llega a la Tierra es minúscula. La propia NASA explica que sus antenas de la Deep Space Network deben detectar niveles energéticos comparables a una fracción ínfima de lo que consume un simple reloj digital.
Por eso el logro amateur resulta llamativo. El telescopio de Dwingeloo no estaba diseñado originalmente para la frecuencia de telemetría de Voyager, cercana a los 8,4 GHz. El equipo tuvo que adaptar la antena e instalar componentes nuevos para poder trabajar a esas longitudes de onda. Aun así, la malla del plato refleja peor esas frecuencias altas, lo que complica la recepción.
El truco no fue solo tecnológico, también matemático. Los radioaficionados utilizaron predicciones orbitales de la sonda para corregir el efecto Doppler, el pequeño cambio de frecuencia provocado por el movimiento relativo entre la Tierra y Voyager. Al ajustar ese desplazamiento, la señal apareció como una línea tenue en medio del ruido.
No es la primera vez que lo consiguen, pero cada año resulta más difícil. A medida que la nave se aleja, la señal se debilita y el margen de error se reduce.
El episodio tiene algo de simbólico. Por un lado, demuestra la calidad de la ingeniería del programa Voyager: una sonda diseñada en los años setenta todavía puede ser “escuchada” a distancias casi inimaginables. Por otro, recuerda el papel que puede jugar la comunidad amateur en la ciencia, incluso sin los recursos de una gran agencia espacial.
El reloj también corre en contra. Voyager 1 funciona gracias a una fuente de energía nuclear que se agotará en la próxima década. Cuando eso ocurra, dejará de transmitir y desaparecerá en silencio en el espacio profundo.
Hasta entonces, cada débil pitido captado desde la Tierra es una especie de saludo lejano. Una prueba de que, a 25.000 millones de kilómetros, aún viaja una pequeña máquina humana contando su historia.