La Voyager 1, lanzada en 1977, se ha convertido en el objeto artificial más lejano de la humanidad. A 24 mil millones de kilómetros de la Tierra, continúa enviando información científica pese a su edad y a los constantes problemas técnicos que enfrenta.
El 20 de marzo de 2025 la NASA ejecutó una maniobra crítica para reactivar unos propulsores inactivos desde 2004. La operación debía realizarse antes de que la antena DSS-43, en Canberra, entrara en mantenimiento prolongado. Esa antena es la única con potencia suficiente para enviar comandos a la nave.
Los propulsores de alabeo, claves para orientar la antena hacia la Tierra, fueron considerados inservibles hace dos décadas. Sin embargo, ingenieros del Jet Propulsion Laboratory en California descubrieron que un fallo eléctrico pudo haber desconfigurado el sistema de calentadores. Esa hipótesis les dio una última oportunidad de recuperarlos.
La tensión fue máxima: si los propulsores arrancaban sin alcanzar la temperatura adecuada, existía riesgo de sobrepresión. Además, cualquier desviación del rastreador estelar podía dejar a la nave sin referencia. Pese a los riesgos, tras 23 horas de espera la señal de retorno confirmó que la maniobra había funcionado.
“Fue un momento glorioso. Estos propulsores se habían dado por perdidos, y verlos volver a la vida fue un milagro técnico”, afirmó Todd Barber, jefe de propulsión de la misión en el JPL. Su compañero Kareem Badaruddin añadió que la persistencia del equipo refleja el espíritu de la misión.
El éxito fue decisivo. Los conductos de los propulsores de respaldo estaban casi obstruidos por residuos de hidracina, una amenaza que podía dejar a la Voyager sin control de orientación. Recuperar el sistema original le devolvió margen de maniobra y aseguró su comunicación durante el cierre de la antena australiana.
La Voyager 1 cruzó el límite de la heliosfera en 2012 y es la primera nave en explorar directamente el medio interestelar. Sus instrumentos aún miden partículas, ondas de plasma y campos magnéticos, aunque la energía disponible de sus generadores nucleares se reduce año tras año.
Diseñada para durar apenas cinco años, lleva casi medio siglo activa. Sus señales tardan más de 22 horas en llegar a la Tierra y viajan a través de la Red del Espacio Profundo. Si nada falla, seguirá transmitiendo datos científicos hasta 2025 y señales de ingeniería hasta mediados de la década de 2030.
Más allá de sus logros técnicos, la Voyager 1 porta un disco dorado con sonidos e imágenes de la Tierra. Ese mensaje, pensado para perdurar miles de años, la convierte en el primer embajador interestelar de la humanidad. Incluso cuando sus sistemas se apaguen, continuará su viaje silencioso hacia la constelación de Ofiuco.