Cuando el hidrógeno funciona y cuando no pasa de ser propaganda
El hidrógeno se presenta como solución universal para descarbonizar, pero su valor real depende del uso: en algunos sectores es clave; en otros, solo marketing caro e ineficiente.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
3 min lectura
El hidrógeno verde ha sido presentado como “la última carta” para la descarbonización, pero en muchos ámbitos su rol real está lleno de matices. Cuándo aporta valor: sobre todo en sectores difíciles de electrificar. Por ejemplo, puede alimentar hornos de acero sin producir CO₂, o mover barcos y camiones de gran tonelaje cuando las baterías actuales serían inviables. El Departamento de Energía de EE. UU. calcula que el hidrógeno podría ayudar a eliminar alrededor del 25 % de las emisiones energéticas globales (principalmente en el acero y el transporte pesado). Además, el hidrógeno ya es usado industrialmente (amoníaco, refinerías), y extenderlo a versiones renovables encaja con esas cadenas existentes.
Cuándo es marketing: cuando se aplica sin criterio a ámbitos donde hay alternativas mejores o sin considerar los costes completos. A menudo se promueve el hidrógeno para calefacción doméstica o como combustible automotriz estándar, pero es mucho menos eficiente y más caro que opciones como bombas de calor o vehículos eléctricos. Un estudio de Harvard advierte que las estimaciones típicas “pasan por alto los importantes costos de almacenamiento y distribución” del hidrógeno. Esos costes ocultos hacen que, a precios actuales, el hidrógeno verde sea “prohibitivamente costoso” para reducir emisiones en muchos sectores. Incluso si el precio de producción cayera a 2 USD/kg, los autores estiman que solo sería competitivo en usos que ya demandan hidrógeno (p.ej. la producción de amoníaco), a menos que también bajen las infraestructuras de transporte.
La diferencia entre valor y marketing también está en los matices de color. El hidrógeno “verde” (producido con renovables) tiene sentido en escenarios muy ambiciosos de energía limpia, pero el “hidrógeno gris” (a partir de gas) o “azul” (a partir de gas con captura) solo traslada emisiones o es muy caro. El hype mediático suele oscurecer que el 85 % del costo final del hidrógeno en estaciones de servicio proviene de compresión, transporte y almacenamiento, no de la electrólisis en sí. Esto implica que incluso con electrolizadores baratos, habría un cuello de botella logístico para abaratarlo.
El hidrógeno renovable tiene su lugar estratégico: industrias de acero y cemento, viajes transoceánicos, aviación o grandes procesos químicos, donde el calor necesario es extremo o las baterías no llegan. En cambio, en aplicaciones convencionales (vehículos personales, calefacción doméstica, generación eléctrica local) es más marketing que solución práctica. Como concluyen los estudios recientes, el hidrógeno no será la “navaja suiza” de la descarbonización: solo en un futuro muy descarbonizado y bien planificado desempeñará un rol importante, y aún así acompañado de otras tecnologías. Saber discernir dónde aporta un valor real y dónde distrae es clave para no sobredimensionar un mercado que, pese a toda la publicidad, tiene límites económicos y técnicos manifiestos.
Fuentes:
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