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Café con cafeína y té podrían reducir el riesgo de demencia, según un estudio de Harvard

Un estudio de Harvard vincula el consumo moderado de café con cafeína y té con menor riesgo de demencia, en plena búsqueda de estrategias de prevención ante el envejecimiento global.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Taza de café humeante sobre granos de café tostados

La demencia se ha convertido en uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI. Con una población cada vez más longeva y tratamientos que apenas logran beneficios modestos cuando la enfermedad ya está presente, la prevención basada en el estilo de vida gana peso. En ese contexto, un amplio estudio liderado por investigadores de Harvard y publicado en JAMA ha puesto el foco en una pregunta cotidiana: qué papel pueden tener el café y el té en la salud cerebral a largo plazo.

El análisis incluyó a más de 130.000 hombres y mujeres de Estados Unidos, procedentes de dos grandes cohortes sanitarias, seguidos durante hasta 43 años. A lo largo de ese tiempo, los participantes informaron periódicamente sobre su dieta, consumo de bebidas con y sin cafeína y estado cognitivo. Más de 11.000 desarrollaron demencia durante el seguimiento, lo que permitió comparar patrones de consumo y riesgo posterior.

El resultado principal fue que quienes consumían mayores cantidades de café con cafeína presentaban un 18% menos de riesgo de demencia frente a quienes casi no lo tomaban. También mostraban menos quejas subjetivas de memoria y mejor rendimiento en pruebas cognitivas. El té con cafeína ofreció asociaciones similares. En cambio, el café descafeinado no mostró beneficios comparables, lo que apunta a que la cafeína podría desempeñar un papel relevante.

Ahora bien, ese 18% no significa que el café prevenga la demencia de forma directa ni que garantice protección individual. Se trata de una reducción relativa del riesgo dentro de una comparación estadística entre grupos. Los propios autores subrayan que el tamaño del efecto es modesto y que no puede interpretarse como una solución milagrosa.

El patrón más favorable se observó en consumos moderados: entre dos y tres tazas diarias de café con cafeína o entre una y dos tazas de té al día. Más cantidad no implicó necesariamente más beneficio. Este detalle es clave, porque sitúa el posible efecto dentro de hábitos habituales y no en consumos extremos.

El estudio es observacional, lo que implica que detecta asociaciones, pero no demuestra causalidad. Aunque los análisis ajustaron por múltiples factores de riesgo —como tabaquismo, peso corporal o actividad física— siempre existe la posibilidad de que parte de la diferencia se explique por otros hábitos saludables asociados al consumo moderado de café. Por eso los investigadores insisten en que hacen falta más estudios para confirmar los mecanismos implicados.

En términos biológicos, tanto el café como el té contienen compuestos bioactivos, incluidos polifenoles con propiedades antioxidantes y antiinflamatorias. Sin embargo, la ausencia de efecto en el descafeinado refuerza la hipótesis de que la cafeína podría ser uno de los factores activos. Aun así, el mecanismo exacto no está completamente aclarado.

Un dato relevante es que los resultados fueron similares en personas con distinto riesgo genético de demencia. Es decir, la asociación se observó tanto en quienes tenían mayor predisposición hereditaria como en quienes tenían menor riesgo, aunque siempre dentro de un impacto global limitado.

Desde el punto de vista estratégico, el estudio se suma a una línea de investigación que busca intervenciones accesibles y de bajo coste para reducir la carga futura de demencia. No convierte al café en tratamiento ni reemplaza pilares con mayor evidencia, como el ejercicio físico, la dieta equilibrada o el control de la hipertensión. Pero sugiere que el consumo moderado de bebidas con cafeína podría integrarse como una pieza más dentro de un enfoque amplio de protección cognitiva.

El café con cafeína no es una cura frente al alzhéimer ni a otras formas de demencia. Sin embargo, dentro de un estilo de vida saludable, podría contribuir de forma modesta a reducir el riesgo, recordando que la prevención del deterioro cognitivo es siempre el resultado de múltiples factores que actúan en conjunto.

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