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Cómo funcionan los algoritmos de las redes y por qué el odio llega más lejos

Crees que ves lo que ocurre, pero en realidad ves lo que un sistema calcula que te hará reaccionar y quedarte más tiempo.

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Iconos de redes sociales en la pantalla de un móvil

Cada vez que abres una red social, un sistema decide en milésimas de segundo qué publicaciones te enseña y en qué orden. No elige las más importantes ni las más veraces, sino las que calcula que te harán detenerte, comentar o compartir. Esa diferencia lo explica casi todo.

El motivo es sencillo y tiene que ver con el negocio. Estas plataformas ganan dinero con tu atención, así que su prioridad es retenerte el mayor tiempo posible. Y para lograrlo necesitan mostrarte, una y otra vez, aquello que despierta una reacción más intensa.

El problema aparece cuando uno se pregunta qué tipo de contenido cumple mejor esa condición. Rara vez es el más sereno o matizado.

Qué mide en realidad un algoritmo

Conviene desterrar una idea equivocada. El feed no está ordenado por orden cronológico ni por relevancia periodística, sino por una predicción, la probabilidad de que interactúes con cada publicación. A eso se le llama ordenación por interacción y es la base de casi todas las redes actuales.

Para calcularlo, el sistema vigila decenas de señales, cuánto tiempo te detienes en algo, si le das like, si comentas, si lo compartes o si lo reenvías por privado. Cada una de esas acciones alimenta un modelo que aprende qué te engancha y te sirve más de lo mismo.

Nada de esto es intrínsecamente malvado. Un sistema que te muestra lo que te interesa puede ser útil. El conflicto surge porque la señal que mejor mide interés no es la satisfacción, sino la reacción, y ambas cosas no siempre coinciden.

Por qué el enfado rinde más que la calma

El ejemplo más documentado lo protagonizó Facebook. Según reveló el Washington Post a partir de documentos internos, en 2017 la compañía programó su algoritmo para que las reacciones con emoji, incluida la de enfado, valieran cinco veces más que un simple me gusta.

La lógica era que un contenido capaz de arrancar una reacción fuerte mantenía a la gente más pegada a la pantalla. El efecto colateral llegó pronto. Los propios analistas de la empresa confirmaron que las publicaciones que generaban enfado tendían a contener más desinformación y material tóxico.

La historia terminó con la compañía reduciendo a cero el peso de esa reacción en 2020, tras comprobar que rebajarla disminuía la desinformación y los contenidos violentos. Pero el episodio dejó al descubierto una regla incómoda del sistema.

Y esa regla está respaldada por la investigación académica. Un equipo de la Universidad de Nueva York examinó más de medio millón de publicaciones y halló que cada palabra que mezcla juicio moral con emoción aumenta alrededor de un veinte por ciento la probabilidad de que un mensaje se difunda.

El combustible de los comentarios

Dentro de todas las señales que miden interacción, hay una especialmente potente, el comentario. Escribir una respuesta exige más esfuerzo que pulsar un botón, así que el sistema lo interpreta como una prueba de interés elevado y premia con más alcance a lo que llena la caja de comentarios.

Aquí está la trampa. Una publicación con la que todo el mundo está de acuerdo genera pocos comentarios, porque no hay nada que discutir. Una que indigna, provoca o divide desata cientos de respuestas, réplicas y citas, y cada una de ellas es una señal que empuja el contenido aún más arriba.

Por eso los mensajes que incitan al enfrentamiento suelen viajar más lejos que los conciliadores. No porque representen a más gente, sino porque son los que más reacciones encadenan. A ello se suma un hallazgo repetido, la información falsa tiende a difundirse más que la verdadera, en parte porque suele despertar emociones más intensas, como recogió la agencia científica SINC a partir de un estudio publicado en Science.

Cuando alguien aprende a explotar el sistema

Todo lo anterior describe un funcionamiento normal, sin nadie manipulando nada. El problema se agrava cuando actores con intención descubren que basta con activar esas mismas palancas para amplificar un mensaje de forma artificial y hacerlo pasar por espontáneo.

Existe incluso un mercado de cuentas falsas baratas pensado para inflar interacciones y fabricar consensos que no existen. Con suficientes respuestas y compartidos coordinados, un contenido marginal puede aparentar una conversación multitudinaria y acabar en los feeds de usuarios reales.

La inteligencia artificial ha añadido escala al asunto. Ya se han documentado agentes de IA capaces de coordinar campañas de manipulación informativa en redes sociales, algo que hasta hace poco exigía equipos humanos enteros.

En esa línea, un análisis de la Universidad de Oxford advierte de que la IA en redes puede manipular la opinión pública a gran escala. La misma mecánica que premia la reacción es la que estas herramientas exprimen para colar sus mensajes.

Conviene, con todo, no caer en el fatalismo. El algoritmo no es un villano consciente, sino un sistema que optimiza una señal imperfecta, y las plataformas han demostrado que pueden corregir el rumbo, como hizo Facebook al anular la reacción de enfado. Saber que el feed prioriza lo que te altera es, en sí mismo, la mejor defensa.

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