Durante miles de años, el hielo costero de la Antártida ha avanzado y retrocedido siguiendo patrones que los científicos apenas comienzan a comprender con precisión. Un nuevo estudio internacional aporta ahora una pieza clave a ese rompecabezas al demostrar que la estabilidad del llamado “hielo fijo” estuvo estrechamente ligada a los ciclos naturales de la actividad solar a lo largo de los últimos 3.700 años.
La investigación, en la que participó la Universidad de Bonn, se centró en una forma particular de hielo marino que, a diferencia del hielo a la deriva, permanece firmemente adherido a la costa o a aguas poco profundas. Este hielo fijo cumple un papel crucial en los ecosistemas antárticos, influye en los ciclos biogeoquímicos costeros y, en algunas regiones, incluso ha servido como plataforma natural para operaciones humanas.
Aunque hoy es posible observar el comportamiento del hielo fijo mediante satélites, estos registros solo cubren unas pocas décadas. Para ir más allá, los investigadores recurrieron a núcleos de sedimentos extraídos de la ensenada de Edisto, en la costa norte de la Tierra de Victoria, una región especialmente sensible a los cambios en el hielo costero.
Estos núcleos de sedimentos actúan como un archivo natural del clima pasado. Presentan finas capas horizontales, claras y oscuras, que se formaron bajo distintas condiciones ambientales. Las capas oscuras indican la ruptura temprana del hielo fijo a comienzos del verano, mientras que las claras reflejan períodos prolongados de aguas abiertas, con una actividad biológica distinta.
Mediante técnicas automatizadas de análisis de imágenes y el estudio detallado de microfósiles como las diatomeas, el equipo logró reconstruir una cronología continua de la variabilidad del hielo fijo durante casi cuatro milenios. El resultado fue un registro de alta resolución que permitió identificar patrones que no responden a simples ciclos anuales.
El análisis reveló la presencia de ciclos recurrentes de aproximadamente 90 y 240 años en la ruptura del hielo fijo. Estos intervalos coinciden con conocidos ciclos solares de largo plazo, como los ciclos de Gleissberg y Suess-de Vries, asociados a fluctuaciones en la actividad del Sol.
Según los investigadores, la relación no es directa ni inmediata, sino que opera mediante una “cascada de eventos”. Las variaciones en la actividad solar alteran los patrones de viento sobre el Océano Antártico, lo que a su vez influye en la extensión del hielo marino flotante que protege la costa.
Cuando ese hielo protector retrocede de forma prematura, el hielo fijo queda expuesto al oleaje, a los vientos y a un mayor intercambio de calor con el océano. Esta exposición facilita su ruptura, un proceso que quedó claramente reflejado tanto en los sedimentos antiguos como en los datos satelitales modernos.
Las simulaciones climáticas respaldan esta interpretación, mostrando que un aumento en la radiación solar puede calentar la superficie del mar, reducir el hielo aislante y amplificar la transferencia de calor entre el océano y la atmósfera. Todo ello contribuye a debilitar el hielo costero.
Los autores subrayan que estos resultados no contradicen la influencia del cambio climático actual, sino que ayudan a separar las fluctuaciones naturales de las inducidas por la actividad humana. Comprender cómo operaron estos mecanismos en el pasado es esencial para interpretar correctamente los cambios observados hoy.
Más allá de este caso concreto, el estudio abre nuevas posibilidades para investigar la historia del hielo antártico en otras regiones. Dado que los sedimentos laminados son comunes en el continente, la técnica desarrollada podría aplicarse ampliamente y mejorar de forma sustancial la comprensión de la dinámica del hielo en uno de los sistemas más sensibles del planeta.
Fuente: Universität Bonn