La circulación del Atlántico se mantuvo activa durante la última glaciación
Durante la última edad de hielo, el sistema de corrientes del océano Atlántico siguió activo y transportando calor, desafiando la idea de un océano profundo casi congelado.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
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La formación de nubes en el Ártico está siendo influida por un factor hasta ahora poco considerado: la escorrentía fluvial procedente del norte de Rusia. Así lo concluye un estudio internacional liderado por investigadores de la University College London, que analizó cómo la materia orgánica transportada por los ríos altera la composición de la atmósfera ártica y modifica los procesos físicos que intervienen en la creación de nubes.
El trabajo se centra en regiones del Círculo Polar Ártico que habían sido escasamente estudiadas, especialmente en Siberia. Allí, grandes ríos descargan enormes volúmenes de agua rica en material biológico —como restos vegetales, nutrientes y microorganismos— directamente en la cuenca ártica, conectando los ecosistemas terrestres con la atmósfera de una de las regiones más sensibles del planeta.
Según los investigadores, esta materia orgánica libera gases una vez alcanza el océano Ártico, lo que favorece la formación de aerosoles atmosféricos. Estas diminutas partículas actúan como núcleos sobre los que se condensa el vapor de agua, dando lugar a las nubes y condicionando su estructura, brillo y duración.
El análisis combinó casi una década de datos del observatorio meteorológico de Tiksi, situado en el delta del río Lena, con observaciones satelitales de alta resolución. Gracias a esta combinación, el equipo pudo seguir el comportamiento de las masas de aire cuando se desplazan sobre aguas ricas en materia biológica procedente de la escorrentía fluvial y detectar episodios de formación acelerada de partículas.
Los resultados muestran que, en presencia de escorrentía fluvial, las partículas de aerosol se forman hasta tres veces más rápido y crecen con mayor eficiencia. Este aumento favorece la aparición de nubes más brillantes y persistentes, capaces de reflejar una mayor cantidad de radiación solar y modificar el balance energético regional.
Este tipo de nubes tiende a enfriar la superficie, ya que dificulta la formación de precipitaciones y prolonga su permanencia en la atmósfera. En un entorno tan sensible como el Ártico, estos procesos pueden tener un impacto relevante en el balance térmico regional y en la evolución del hielo marino.
Los autores subrayan que este mecanismo había sido en gran medida ignorado en los modelos climáticos actuales, pese a que el Ártico se está calentando varias veces más rápido que el resto del planeta.
Para los científicos, incorporar el papel de la materia orgánica fluvial permitirá mejorar las predicciones sobre la evolución del hielo marino y el comportamiento climático del Ártico en un escenario de calentamiento global acelerado.
Fuente: Nature
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