Estos días circula por redes y titulares una idea inquietante, que un nuevo estudio habría fijado la fecha exacta en que la vida en la Tierra se extinguirá. La realidad es casi la contraria, y merece la pena contarla bien.
El trabajo, publicado en la revista JGR Atmospheres por los investigadores Jacob Haqq-Misra y Eric Wolf, no anuncia un apocalipsis con día marcado. Lo que hace es estimar cuánto podría durar como máximo la biosfera vegetal del planeta, y su conclusión es sorprendentemente generosa, la vida vegetal podría seguir adelante durante unos mil ochocientos millones de años más.
Por qué ahora sale más tiempo
La novedad está en la herramienta. Los autores emplearon un modelo climático en tres dimensiones, mientras que los cálculos anteriores se apoyaban en modelos unidimensionales que trataban al planeta casi como un promedio plano. Al repartir el calor y la humedad por toda la Tierra de forma más realista, el nuevo modelo estira el plazo de habitabilidad respecto a lo que se daba por sentado.
El motivo del final, eso sí, no cambia. Con el paso de los eones, el Sol se irá volviendo más brillante y caliente, lo que a muy largo plazo hará descender los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Y sin CO2 suficiente, la fotosíntesis, el motor de casi toda la vida, deja de funcionar.
Por qué no existe una fecha exacta
Aquí es donde el titular fácil se cae. El estudio no da un día señalado, sino distintos escenarios que dependen de un detalle, hasta qué nivel de dióxido de carbono son capaces de aguantar las plantas antes de rendirse.
La fotosíntesis más común entra en crisis cuando el CO2 baja de unas diez partes por millón, algo que ocurriría dentro de unos mil trescientos cincuenta millones de años. Pero el trabajo señala que no todas las plantas son iguales. Algunas, como los cactus y otras suculentas, y también las acuáticas que aprovechan el bicarbonato del agua, podrían resistir con niveles más bajos.
Si ese umbral de resistencia se lleva al extremo, hasta una sola parte por millón, la biosfera vegetal aguantaría esos mil ochocientos millones de años, acercándose ya al momento en que la Tierra empezaría a perder sus océanos por el calor. Entre un límite y otro hay cientos de millones de años de diferencia, y esa horquilla es justo lo que impide hablar de una fecha cerrada.
Para qué sirve calcular esto
Puede parecer un ejercicio de curiosidad sin más, pero tiene una aplicación concreta. Saber cuánto tiempo permanece habitable un planeta como el nuestro ayuda a los científicos a estimar durante cuánto tiempo otros mundos podrían albergar vida, algo clave en la búsqueda de biosferas en exoplanetas lejanos.
Conviene, eso sí, leerlo con prudencia. El modelo calcula el límite astronómico impuesto por el Sol, no lo que pueda pasar antes por otras vías, desde un impacto de asteroide hasta la propia acción humana. No es una garantía de mil ochocientos millones de años tranquilos, sino el techo teórico que marca la física, y lo que de verdad desmonta es la idea de una caducidad con fecha en el calendario.