Ser diestro o zurdo parece un asunto de manos, de cómo sujetas un lápiz o con qué pie chutas. Pero un grupo de científicos acaba de encontrar esa misma manía de tirar hacia un lado en una criatura marina que vivió mucho antes de que existieran las manos, los dedos o siquiera los huesos.
El protagonista es Spriggina floundersi, un organismo del período Ediacárico que reptaba por el fondo del mar hace unos 550 millones de años. Una investigación liderada por el Museo Americano de Historia Natural, junto a las universidades de Harvard, Florida State y California en Riverside, concluye que este animal prefería inclinarse hacia la derecha.
La preferencia por un lado del cuerpo tiene nombre técnico, lateralidad, y hasta ahora se creía un rasgo mucho más reciente en la historia de la vida. El hallazgo lo empuja hacia atrás hasta uno de los capítulos más remotos y transformadores de la evolución.
Ese capítulo, el Ediacárico, va de hace unos 635 a 538 millones de años, y en él la vida pasó de ser microscópica a alcanzar tamaños visibles a simple vista y a moverse por primera vez. La cordillera de Flinders, en el sur de Australia, guarda uno de los mejores registros de aquel mundo, con fondos marinos enteros sepultados por tormentas y congelados en la roca.
Spriggina es una pieza especial de ese archivo, porque es uno de los primeros animales conocidos con simetría bilateral, un cuerpo con frente y espalda, arriba y abajo, y un lado izquierdo y otro derecho. Es el mismo plano corporal que compartimos los humanos y casi todos los animales actuales, lo que la convierte en una especie de pariente lejanísimo.
Para saber si tenía un lado preferido, el equipo examinó la forma de más de cien fósiles excepcionalmente conservados. El resultado fue llamativo, aproximadamente el doble de ejemplares aparecían curvados hacia un lado que hacia el otro, un desequilibrio demasiado marcado para ser casualidad.
Aquí conviene una aclaración, porque el fósil funciona como un sello invertido. Una curvatura hacia la izquierda impresa en la piedra corresponde a un animal que en vida se doblaba hacia la derecha, así que ese patrón constante apunta a toda una población orientada de forma preferente hacia ese lado.
La lateralidad, de hecho, no es ninguna rareza en la naturaleza. En los animales actuales que muestran preferencia por un lado, la proporción que se inclina hacia el lado dominante suele situarse entre el 65 y el 90 por ciento, con los humanos ocupando el extremo más alto de esa escala.
Lo interesante es lo que esa manía tan antigua sugiere sobre el interior de Spriggina. En los animales vivos con este tipo de sesgo, desde insectos y pulpos hasta aves y mamíferos, suele acompañarse de capacidades sensoriales complejas y de un sistema nervioso relativamente desarrollado.
Por eso los autores plantean que este animal ediacárico pudo tener un sistema nervioso más parecido al de la fauna moderna de lo que cabría esperar en algo tan primitivo. Es una hipótesis prudente, no una certeza, porque de un fósil se leen formas, no conductas ni cerebros.
Conviene además recordar que qué era exactamente Spriggina sigue en discusión, y hoy muchos la sitúan en un grupo extinto llamado Proarticulata, distinto de los gusanos o los artrópodos con los que a veces se la comparó. Aun con esas cautelas, el mensaje de fondo resiste, algunos rasgos que damos por modernos hunden sus raíces en un pasado asombrosamente lejano.