El Fondo Monetario Internacional espera que la economía mundial crezca un 3,1% en 2026 y un 3,2% en 2027, cifras por debajo de los registros recientes y muy lejos de los promedios previos a la pandemia. La novedad que sacude el cuadro es la guerra en Oriente Medio.
Ese pronóstico, además, no es una previsión cualquiera. El organismo lo llama de referencia y descansa en un supuesto concreto, que la duración, la intensidad y el alcance del conflicto sean limitados y que las perturbaciones se disipen hacia mediados de 2026, tal y como recoge el resumen del informe del FMI.
Basta con levantar ese supuesto para que el retrato se oscurezca de golpe.
Un número que pende de un hilo
El propio Fondo acompaña su escenario central con otros más sombríos. Si las hostilidades se prolongan o se amplían, el crecimiento mundial podría caer hasta el 2,5% en 2026, con la inflación general escalando hacia el 5,4%, según las cifras que los analistas han extraído del informe.
En la versión más dura, con daños relevantes en infraestructuras energéticas, la actividad se debilitaría hasta el 2% y los precios repuntarían por encima del 6% en 2027. El organismo llegó a advertir del riesgo de una recesión mundial si el enfrentamiento con Irán empeorase.
No todos los factores empujan a la baja. El informe señala que una llegada más temprana de las mejoras de productividad ligadas a la inteligencia artificial podría animar la actividad, aunque el efecto contrario también cuenta, porque un reajuste de esas expectativas amenazaría el crecimiento y los mercados.
Conviene leer todo esto con la cautela que el propio Fondo señala. Sus estimaciones se apoyan en la información disponible hasta el 1 de abril y en los precios de las materias primas de comienzos de marzo, así que no capturan lo ocurrido después.
Quién paga la factura
El golpe no se reparte por igual. El FMI avisa de que la desaceleración y el alza de precios se sienten con más fuerza en las economías emergentes y en desarrollo, sobre todo en las que importan materias primas y ya arrastraban debilidades previas.
El mapa regional lo confirma con matices. Para América Latina y el Caribe el Fondo mejoró ligeramente su previsión hasta el 2,3% en 2026, con países exportadores de energía como Brasil beneficiándose del encarecimiento, mientras los importadores netos cargan con la parte más pesada.
Detrás de esos porcentajes hay una cuestión social. Cuando el crecimiento se frena y los precios de la energía y los alimentos suben, el margen para reducir la pobreza y crear empleo se estrecha, justo en los lugares con menos colchón para absorber el golpe.
El coste que no aparece en el titular
El informe dedica dos de sus capítulos a efectos que van más allá del año en curso. Uno analiza el gasto en defensa, que crece al calor de las tensiones geopolíticas y que en un episodio típico sube unos 2,7 puntos del PIB en dos años y medio, financiado en sus dos terceras partes con déficit.
Ese esfuerzo puede animar la economía a corto plazo, pero deja factura. La deuda pública tiende a engordar y, en las expansiones sostenidas, el gasto social se resiente, con el riesgo de descontento que eso arrastra. La guerra, en el fondo, se paga dos veces.
El otro capítulo mira las cicatrices de los conflictos. Con datos posteriores a 1945, el Fondo concluye que las guerras provocan pérdidas de producto mayores y más duraderas que las de una crisis financiera o un gran desastre natural, y que la recuperación posterior es lenta y depende, ante todo, de que la paz se sostenga.