El relato de SpaceX ha girado durante años en torno a una idea muy concreta: fundar una ciudad en Marte. Ese destino lejano se convirtió en el símbolo del futuro espacial de Elon Musk. Sin embargo, la hoja de ruta ha cambiado. Ahora la prioridad no está en el planeta rojo, sino mucho más cerca: la Luna.
Musk sostiene que la compañía está centrando sus esfuerzos en construir una “ciudad de crecimiento autónomo” en el satélite terrestre, un objetivo que, según sus cálculos, podría alcanzarse en menos de una década. Marte no desaparece del plan, pero queda en segundo plano. La razón es pragmática: llegar a la Luna es más rápido y, en sus palabras, puede ayudar antes a garantizar la continuidad de la civilización.
El giro estratégico coincide con informaciones publicadas por The Wall Street Journal, que apuntan a que la empresa ya ha comunicado a inversores su intención de priorizar misiones lunares. Entre los hitos que se barajan figura un aterrizaje no tripulado en marzo de 2027.
La decisión tiene lógica técnica y económica. La Luna está a apenas tres días de viaje, mientras que Marte exige trayectos de meses y ventanas de lanzamiento más limitadas. Probar tecnologías, infraestructuras y logística a corta distancia permite corregir fallos con mayor rapidez y menor riesgo. En otras palabras, la Luna puede funcionar como banco de pruebas para una colonización más ambiciosa.
Además, el contexto geopolítico pesa. Estados Unidos compite con China por regresar a la superficie lunar esta década, algo que no ocurre desde las misiones Apolo de los años setenta. En ese escenario, SpaceX se ha convertido en un socio clave de la NASA. La compañía participa en el programa Artemis con un contrato para llevar astronautas a la Luna utilizando Starship.
La nave Starship, combinada con el cohete Super Heavy, es el corazón de esa estrategia. Musk la concibe como un sistema reutilizable capaz de transportar grandes cargas y personas, algo esencial si se quiere pasar de misiones aisladas a asentamientos permanentes.
Mientras tanto, el músculo financiero de la empresa proviene cada vez menos de los contratos gubernamentales. Musk señaló que la agencia espacial representará una fracción menor de los ingresos de este año. La mayor parte llega del negocio comercial, especialmente de Starlink, su red de internet satelital, que ya opera a escala global y aporta la mayor parte del flujo de caja.
En paralelo, SpaceX también ha movido fichas en el terreno tecnológico al integrar su empresa de inteligencia artificial xAI, una operación que, según sus defensores, podría reforzar proyectos futuros como centros de datos espaciales. La idea es que, a medida que crece la demanda de computación por la IA, el espacio ofrezca nuevas soluciones energéticas y de infraestructura.
El cambio de prioridades no implica abandonar Marte. Musk mantiene que la ciudad marciana podría empezar a tomar forma en cinco o siete años. Pero, en la práctica, la carrera se reorganiza: primero consolidar presencia en la órbita baja y la Luna, luego dar el salto más lejano.
El cambio no es menor: antes de pensar en otro planeta, la empresa quiere demostrar que puede sostener vida e infraestructura fuera de la Tierra, a solo tres días de distancia. Si esa base lunar funciona, Marte dejará de ser una promesa y pasará a ser el siguiente paso lógico.