Solemos imaginar un glaciar como una lengua de hielo blanco y reluciente, la típica postal de montaña. Pero resulta que ese hielo tan bonito es precisamente el que peor lo está pasando, mientras que sus primos feos, sucios y cubiertos de piedras están aguantando el calentamiento mucho mejor.
Así lo revela un nuevo análisis realizado en la cordillera Teton, en el estado de Wyoming, que comparó cómo han cambiado distintos tipos de hielo de montaña entre 1967 y 2024. La diferencia que encontraron es enorme y va contra la intuición.
Los glaciares de hielo normales y los campos de nieve se están adelgazando siete veces más rápido en la última década que en las anteriores. Los glaciares rocosos, en cambio, esos que van tapados por una capa de escombros y detritos, apenas han cambiado su ritmo de deshielo. Se mantienen firmes mientras el resto se desvanece.
El secreto está justo en esa capa de piedras que los afea. Funciona como una manta aislante que protege el hielo enterrado debajo, escudándolo del calor del ambiente. Lo que parece un montón de escombros sin gracia es en realidad una armadura natural contra el cambio climático, y es lo que marca toda la diferencia.
Esta resistencia importa mucho más de lo que parece, sobre todo por el agua. Los glaciares rocosos son sorprendentemente abundantes, en algunos estados áridos del oeste de Estados Unidos hay más de diez mil, cerca del doble que los glaciares normales y los campos de nieve juntos, y guardan reservas de agua enormes. A medida que el hielo limpio desaparezca, ellos podrían convertirse en refugios hídricos y ecológicos cruciales.
Los autores creen que esta capacidad de resistir escondiéndose bajo la roca no es nueva, sino un mecanismo que ya salvó a estos hielos en episodios cálidos del pasado remoto, cuando lograron sobrevivir agazapados bajo los escombros durante miles de años. Casi como si el glaciar hibernara para esperar tiempos mejores.
Con todo, conviene no lanzar las campanas al vuelo, y los propios investigadores lo advierten. Los glaciares rocosos no son inmunes al calentamiento, solo más lentos en sufrirlo. Sus datos apuntan a un límite peligroso, porque una vez se pierda un volumen crítico de hielo, incluso estos refugios y los arroyos que alimentan podrían calentarse de golpe y muy rápido.