Durante décadas, los microbialitos han sido considerados casi exclusivamente como reliquias del pasado, vestigios fosilizados de algunas de las primeras formas de vida que habitaron el planeta. Estas estructuras rocosas, formadas por comunidades microbianas capaces de precipitar minerales, aparecen en los libros de texto como ejemplos de vida primitiva lenta y prácticamente extinguida. Sin embargo, un nuevo estudio científico demuestra que esta visión está incompleta y, en muchos casos, equivocada.
La investigación, liderada por científicos del Laboratorio Bigelow de Ciencias Oceánicas y la Universidad de Rhodes, se centra en microbialitos vivos que prosperan en la costa sudoriental de Sudáfrica. Lejos de ser simples restos inactivos, estas llamadas “rocas vivas” muestran una actividad biológica intensa y una capacidad de crecimiento sorprendentemente rápida, incluso en condiciones ambientales extremas y cambiantes.
Los microbialitos se forman gracias a tapetes microbianos que absorben carbono disuelto del agua y lo transforman en capas sólidas de carbonato de calcio. Este proceso recuerda al de los arrecifes de coral, aunque ocurre a escalas microscópicas y está impulsado por comunidades de bacterias y otros microorganismos. El estudio publicado en Nature Communications cuantifica por primera vez con detalle cómo estos sistemas vivos capturan carbono de forma continua y eficiente.
Uno de los hallazgos más llamativos es que los microbialitos no dependen únicamente de la fotosíntesis. Tradicionalmente se asumía que su crecimiento estaba limitado a las horas de luz solar, pero los investigadores observaron tasas de absorción de carbono similares tanto de día como de noche. Esto indica que los microbios utilizan procesos metabólicos adicionales para fijar carbono en ausencia de luz, un comportamiento comparable al de organismos que viven en entornos extremos como las fuentes hidrotermales profundas.
A partir de mediciones repetidas durante varias campañas de campo, el equipo estimó que estas estructuras pueden crecer casi cinco centímetros al año en sentido vertical, una velocidad notable para formaciones que se consideraban lentas y casi estáticas. Además, calcularon que los microbialitos pueden absorber entre 9 y 16 kilogramos de dióxido de carbono al año por metro cuadrado, una cifra que los sitúa entre los sistemas biológicos más eficientes conocidos para el almacenamiento de carbono a largo plazo.
El contexto en el que prosperan estos microbialitos hace que el hallazgo sea aún más relevante. Se desarrollan en estanques costeros alimentados por aguas duras ricas en calcio, que pueden secarse por completo un día y reactivarse al siguiente. Esta capacidad de resistir ciclos extremos de sequía e inundación pone de manifiesto una resiliencia extraordinaria, difícil de reconciliar con la imagen clásica de formas de vida primitivas frágiles y poco adaptables.
Los científicos subrayan que comprender estos sistemas vivos ofrece una ventana única al pasado profundo de la Tierra. Los microbialitos fósiles, que se remontan a miles de millones de años, constituyen algunas de las pruebas más antiguas de vida en el planeta. Estudiar sus equivalentes modernos permite reconstruir cómo interactuaban las primeras comunidades microbianas con su entorno y cómo influyeron en la química global de la Tierra primitiva.
Más allá de su valor histórico, el estudio plantea implicaciones actuales de gran interés. A diferencia de otros ecosistemas que capturan carbono y lo almacenan principalmente en forma de materia orgánica fácilmente degradable, los microbialitos lo fijan en estructuras minerales estables. Esto los convierte en un modelo natural especialmente eficiente para el secuestro de carbono a largo plazo, y abre nuevas preguntas sobre el papel que estos sistemas microbianos podrían desempeñar en los ciclos biogeoquímicos del presente y del futuro.
Fuente: Nature Communications